martes, 16 de junio de 2020

Setenta años. Alrededores de JLGM.

Un fragmento del prólogo de “Alrededores de José Luis García Martín”, el libro homenaje que ya está a la venta. Feliz cumpleaños.
                                                             DESDE BROOKLYN         
                                                          Hilario Barrero

         “ALGO que no se nombra / con la palabra azar / rige estas cosas», escribió Borges. Y ciertamente no se debe a un mero azar que el primer homenaje que sus amigos escritores le dedican a José Luis García Martín —el primero en libro, antes el diario Hoy y El Correo de Andalucía le dedicaron sendos suplementos literarios y Cuadernos de humo un número especial— tenga lugar en Nueva York, la ciudad a la que siempre vuelve y en la que le habría gustado vivir. De alguna manera, José Luis García Martín siempre ha sido un neoyorquino en el exilio dorado de su Oviedo y de su Avilés.
Durante un tiempo, para él Nueva York fue solo Manhattan. Si se aventuraba un paso más allá, se sentía perdido. Ahora Brooklyn es para él el verdadero corazón de la ciudad. Su primer encuentro con Brooklyn, va a hacer ahora veinte años, tuvo lugar tras una larga caminata. Lo sé, porque hice de guía, como en tantas otras ocasiones y con tantos otros escritores españoles. Yo en aquella época me preparaba para competir en un nuevo maratón y no me daba cuenta de que algunos de los del grupo de tertulianos que acompañaban a García Martín no estaban preparados para tales hazañas. Hace unos días, Silvia Ugidos, que vino junto a Martín López Vega, Xuan Bello, Javier Almuzara y Marcos Tramón, en su respuesta a la carta en la que le solicitaba colaboración para este volumen, me decía: «En tiempos en que es difícil estirar las piernas, anima recordar el brío maratoniano con que amablemente nos enseñó su barrio en Nueva York». Después de ese viaje, que tuvo lugar inmediatamente antes de la catástrofe de septiembre de 2001, se publicó un espléndido volumen, Líneas urbanas, donde los del grupo y algunos invitados contábamos nuestras experiencias de aquellos días.
         Fue una larga y agotadora jornada. Salimos del hotel en que se alojaban, el decadente y literario Pennsilvania (Julio Camba le dedica un capítulo en La ciudad automática), cruzamos el Puente de Brooklyn y por Montague Street llegamos hasta el Promenade, desde donde contemplamos un perfil único de Manhattan, hicimos parada en Teresa’s, el restaurante polaco que ha quedado inmortalizado en diarios y en crónicas (acaba de cerrar sus puertas definiti- vamente), llegamos hasta Sahadi’s, la tienda árabe que olía a canela y a dátiles, a perfumes dormidos y a almendras recién tostadas. Recorrimos luego Atlantic Avenue y nos hicimos una fotografía a la puerta de un club destartalado y oscuro con una frase en la fachada que decía: «Where the friends meet». Una imagen con jóvenes llenos de vida, aunque cansados. Alcanzamos Flatbush Avenue, anduvimos un kilómetro más y llegamos a casa, donde nos esperaba una cerveza helada. Un maratón que nunca olvidarían.
         Con los años, García Martín volvió muchas veces a Manhattan y en una ocasión se hospedó en mi barrio. En esos días, fue cuando de verdad descubrió Brooklyn. Aún ahora, después de tres años de su última visita, recuerda con precisión calles, esquinas, rostros, arcos, fachadas, monumentos. Desde Oviedo, con solo cerrar los ojos, puede recorrer la barriada como un residente.
         El primer día de su última visita salimos al parque. Cruzamos la fuente de Wisdom y Fortitude, el arco triunfal dedicado «a los defensores de la Unión, 1861-1865» y la gran plaza, que dan a esta zona un aire parisino. Al llegar a la entrada de Prospect Park vi cómo García Martín sacaba el móvil y enfocaba a otro arco que al final del túnel enmarcaba la enorme pradera. Por el contraste es una imagen que se queda pegada a la retina de la memoria. En la pradera, la luz nos deslumbró y anduvimos por caminos de sombra rumorosa, caminos pocos transitados, ardillas que como relámpagos aparecían y se escondían, árboles centenarios y al final del camino un edificio construido por Guastavi- no, el arquitecto valenciano que trabajó durante algunos años en Nueva York construyendo iglesias, embelleciendo estaciones de metro, bóvedas en Gran Central, mansiones y centros culturales y recreativos. Al salir yo sabía que, en su agenda sentimental, García Martín había anotado en su cuaderno un nuevo nombre: Prospect Park.
         A la salida del parque, está la Biblioteca Pública, un edificio de hermosa geometría racionalista. La fachada tiene una monumental puerta de cristales con doradas imágenes de libros famosos de la literatura americana. Al salir, vi cómo hacía una fotografía de esa puerta a contraluz, que luego serviría de portada a Una música, un rumor y un símbolo, una de las entregas Poesía en Valdediós, la colección poética que recuerda las lecturas junto al famoso Monasterio y que García Martín dirige desde hace años.
         Zigzagueando calles afluentes de Flatbush Avenue llegamos a la Séptima Avenida. Allí tomamos un café en el Starbucks, un lugar espacioso y luminoso donde el poeta se encuentra como pez en el agua. Hay residentes y viajeros de paso, gente que observa, gente absorta en sus ordenadores, gente que anota algo en un cuaderno, quizá un poema, que recuerda o que olvida.
         Un día en que García Martín se aventuró en solitario por el barrio se encontró con el Captain America, uno de los héroes de la Marvel (su favorito es Iron Man, el hedonista mecenas Tony Starck). Apuntó la inscripción que figura en la base de la estatua: «I’m just a kid from Brooklyn».
         También García Martín es de algún modo, un chico de Brooklyn, un neoyorquino más y por eso me atrevo a suponer que este homenaje a sus setenta años de dedicación a la literatura (estoy seguro de que en la cuna, antes de aprender a hablar, ya devoraba libros) le hará doble ilusión por venir de dónde viene.

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