jueves, 29 de marzo de 2018

Solo ida.


                       


               Noventa y nueve poemas de un corazón (casi) al desnudo.

Jose Luis García Martín
Solo ida
Impronta, Gijón, 2018

          Algunos diaristas son también ocasionalmente poetas, novelistas de segunda o críticos de andar por casa. García Martín puede ser mejor o peor poeta, pero toda su vida ha estado asistido por la poesía. Muchos consideran que ser el crítico de poesía que es, temido, sin pelos en la lengua, con libertad total de decir lo que siente, le ha perjudicado como poeta. (Ejemplo reciente: algunos críticos han elogiado al ganador de un célebre premio de poesía; García Martín, en cambio, desentraña el libro y valorando un aspecto del mismo, señala algunos aspectos negativos).

          Hablando de la presencia de la poesía en la vida del autor debemos apuntar que fue en 1972 cuando apareció el primer libro del poeta, Marineros perdidos en los puertos, un libro raro (se vende en Amazon por 72€) del que se podrían sacar conclusiones tal vez sorprendentes si se leyera como debe ser leído. Uno tiene entre sus libros más preciados la primera edición de Tinta y papel, su quinto libro de poesía, publicado en 1985, en lujosa encuadernación, que perteneció a Victoria Kent; otro libro del que todos los antólogos han omitido algunos poemas que deberían haber sido seleccionados, como por ejemplo “Historia contemporánea” y “Homenaje a Fassbinder”, en el que hay una referencia a un poema de Penna.

         Y después de cuatro antologías: Poesía reunida (1990), Material perecedero (1998), Mudanza (2004) y La aventura (2011) nos llega ahora, publicada por Impronta, Solo ida, una antología en la que se recogen algunos poemas “ocultos” que no ocultan nada, aunque la poesía de García Martín tenga, al menos, tres elementos que hay que tener en cuenta: una fina ironía que hace que el poema transcienda lo anecdótico, y es ahí donde radica la “oscuridad”, no en el tema; una melancolía a veces usada como con rabia, una melancolía de camaradería viril y, sobre todo, un elemento que está presente en toda su obra (prosa y poesía), que podríamos llamar “nebulosidad”, un humo que intenta ocultar una llama que arde en el corazón del poeta, un deseo envuelto en una niebla que o bien nubla el argumento o lo desvía, en ocasiones dándole a esa calima un escape literario, ensartada y arropada en el mundo clásico.

                                   


          La selección ha estado a cargo de un buen conocedor de la poesía de García Martin, el poeta Marcos Tramón, que acaba de publicar De mis soledades vengo en Renacimiento. El antólogo ha optado por incluir poemas que no habían sido seleccionados en las otras antologías y “centrarse en aquellos poemas que habían ido quedando sistemáticamente fuera de las selecciones anteriores”, lo que hace de Solo ida una antología nueva y necesaria para conocer una parte del universo del poeta. Uno agradece la disposición de los noventa y nueve poemas que componen el volumen: fluyendo “uno detrás de otro”, sin barreras, ni títulos, ni frases (que tanto estorban al poema y que a veces no sirven para nada), solo un río de aguas a veces turbias, a veces torrenciales, a veces claras, pero siempre un caudal de entrega, de tiempo, de dedicación, aunque el poeta piense que él es “más bien un padre descastado para estos hijos de mi ingenio: en cuanto pueden valerse por sí mismos, en cuando andan impresos por el mundo, los dejo al aire, que se las apañen solos…”.

                                           


    Solo ida recoge, como hemos dicho, poemas que el poeta ha mantenido en la sombra, como si estuvieran malditos o tocados de algún secreto que la poesía sabe guardar. Recordemos que todo poema debe tener una presencia maldita y bendita; una mezcla entre la Les fleurs du mal y las Fioretti. Porque algunos lectores creemos distinguir entre la sangre verdadera, la que deja herido de amor y casi de muerte, la maldita, y la sangre imaginaria que da vuelos a la fantasía y es mero pretexto para hacer literatura.