lunes, 11 de diciembre de 2017

LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO.

 


                                   

CUANDO SE DICE TODO: LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO.

El sedal del olvido.
Juan Francisco Quevedo
Septentrión Ediciones, 2017

Dice Dickinson: If I read a book and it makes my whole body so cold no fire can warm me I know that is poetry. Si leo un libro y pone a mi cuerpo tan frio que no hay fuego que pueda calentarlo, sé que es poesía. El sedal del olvido, de Juan Francisco Quevedo, es un libro como una nevada de recuerdos que cae sobre todos nosotros. Una tormenta para que el tiempo se detenga.

If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know that is poetry. Si siento físicamente como si me arrancaran la tapa de los sesos, sé que es poesía. Es El sedal del olvido un libro hecho con materiales de primera mano: pólvora enamorada, sedal de plata, poesía de verdad, de antes que es de ahora: de siempre. Poesía que rescata historias, momentos, vidas, “un refugio y un bálsamo ante las perdidas inevitables, ante la enfermedad, ante los desasosiegos y desilusiones”.

Y si uno siente un nudo en el corazón y sabe que está ante el libro de un poeta que respeta a la poesía y se entrega a ella y despierta en nuestra memoria recuerdos paralelos a los del poeta, sabe que está entrando  en el reino de la emoción, donde el hielo arde el sentimiento y el fuego le da vida a la razón. Dos entes que son el santo y seña de la poesía en general y la de Juan Francisco Quevedo en particular. El sedal del olvido, un título que uno asocia a mar y a brea y a piel y a cicatriz, tiene esa cualidad de belleza e intensidad de emoción que son características de lo que es un poema.

El libro, dedicado a Claudia y Juan, editado por Septentrión Ediciones, que dirige con tanto empeño Carlos Alcorta, está ilustrado por el poeta, dividido en siete apartados con una introducción y un epilogo, lleva una cita del poeta José Luis García Martín que nos señala el camino a seguir: “Otra vez como entonces estáis aquí conmigo / esta noche encendida, detenida, callada, / cuando se dice todo sin que digamos nada”.

Sabe bien Juan Francisco Quevedo que la principal función de la poesía es crear emociones que sean alimento para el espíritu y motivación para la razón. La emoción es un escalofrío que nos recorre por todo el cuerpo, un nudo en la garganta que nos impide casi respirar, un dolor en el alma. La poesía es el encuentro de un pensamiento emocionado que encuentra a la palabra que se hace poesía. Y en El sedal del olvido encontraremos el hondo escalofrío, el nudo en la garganta y un dolor en el alma.

La primera parte, titulada “La mirada empañada”, (que es nuestra favorita) cuenta con nueve poemas en donde la nostalgia es la protagonista principal en temas cotidianos y domésticos, poemas en los que la mirada del poeta escudriña el tiempo pasado, tiempo de barro, de música, de sombra de la higuera, de la muerte. En el primer poema, con un título tan poco poético como “Un viejo colchón de lana”, aparece la figura de la madre y marca la atmósfera que nos vamos ir encontrado a lo largo del libro.

Me encierro, madre, en el cuarto
que fue refugio de tu niñez
y escruto, tumbado en el hueco
de un antiguo colchón de lana,
tu cara de niña aplicada
descolorida por el tiempo.

Quizás, algún día otro cuerpo
se recueste en esta que fuera
tu cama y de esa misma pared,
junto al sepia y viejo retrato,
cuelgue un rostro de mirada azul
que pueda recordarle quién fui.

Una de las muchas virtudes del libro es su inteligente estructura. Es un edificio, mapa lo suele llamar el poeta, que se levanta sobre sólidos cimientos, no olvidemos que Quevedo es novelista “antes” que poeta. Son siete espacios donde la melancolía, la filosofía, la familia, el exterior con paisajes queridos, la casa oscura, el dolor y la galería final con nombres y rostros queridos por todos: Vallejo, Cernuda, Miguel Hernández, Blas de Otero y en lo alto la voz del poeta que despierta de un sueño y ve que al abrir “lo ojos no había nadie. / Ni yo mismo”. Un libro cíclico que comienza con un viejo colchón de lana y termina en otro colchón “agarrado a una sábana arrugada”.

Uno de los poemas que uno casi se ha aprendido de memoria y que desde la primera lectura le sedujo es el titulado “Madrid, 1973 –Restaurant La playa”. Y me sedujo porque es un poema que me despierta, esa es la magia de la poesía, un mundo de sensaciones, olores, sabores y emociones. Un poema costumbrista, sencillo en apariencia, localista, pero que también es una crónica social, melancólica y conmovedora de un Madrid visto por un niño de catorce años.

Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con grandes cines de sesión continua
-un placer para un chaval de provincias-.
Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con su cosmopolitismo acogedor,
con su acento castizo y descarado.
Madrid, aquel Madrid de los setenta.
con su chulesco ademan de capital,
con sus maneras de barrio de arrabal.

Así era el Madrid de mis catorce años,
donde siempre había melón de postre
en aquel restaurant de mantel blanco
y pajaritas negras en los cuellos
almidonados de los camareros.

En un mercado poético donde la anarquía impera, donde cualquiera puede escribir un poema usando unas tijeras y cortado la frase donde se tercie, El sedal del olvido es un claro ejemplo de tradición, de musicalidad, de poemas con endecasílabos modelos, encabalgamientos que, como una ola, hacen mover el poema y al lector. Es una cuerda fina que ata por un extremo al anzuelo de la emoción y por el otro a la caña de pescar sueños y emociones. Y al acabar de leer el libro se nos queda enredado el anzuelo de la poesía y del recuerdo.

Y nos quedamos enganchados para siempre en el sedal de la esperanza.

En los cafés de todas las ciudades,
en las aceras y hasta en las esquinas
que llevaban a calles sin salida,
te sabía más allá del deseo.

En cualquier espejo de cualquier lugar,
intuía en un reflejo borroso
tu suave silueta de muchacha
pálida, junto a la gabardina beige,
que en Santiago lucías en invierno.

La lluvia y el frío aún eran clementes
con los dos jóvenes enamorados;
las torpes tormentas de la memoria
se escurrían, sin calar, por el manto
que envolvía aquella dulce juventud:
los embates del sedal del olvido
no traspasaban nuestra frágil edad.