viernes, 22 de marzo de 2019

La de la cabra

                                                    Una ópera olvidada de Meyermeer.
           
210319.- Yo supe que había una ópera llamada “Dinorah” gracias a la zarzuela,  “El barbero de Sevilla”, de Perrín y Palacios con música de los maestros Nieto y Jiménez, que para nosotros es de culto. Nos la sabemos de memoria, la escuchamos a menudo y hemos incorporado parte del diálogo a nuestras vidas. Siempre comentamos que el título, un plagio u homenaje a Rossini, debería haber sido “El barbero de Burgos”. Hay un momento en que el maestro de música, el señor de Bataglia, comenta la ópera con que debe debutar su alumna:

-Es mejor con la “Dinorah”
Que la tiene dominada.

Y la madre de la futura tiple, doña Casimira, responde:
-No me acuerdo cuál es esa.
¡Ah!... Sí, ya… La de la cabra.

Haciendo referencia a una cabra que es personaje fundamental de la ópera. Con un “personaje” así ya se pueden imaginar el argumento.

          Meyerbeer fue considerado el compositor de óperas más importante del siglo XIX y hubo una época en que sus obras dominaban el panorama operístico europeo y aun mundial. Por desgracia, las campañas antisemíticas de Schumann y principalmente de Wagner, consiguieron que despareciera prácticamente por completo del repertorio. Wagner, que inicialmente había sido su admirador y le debía la puesta en escena de “Rienzi”, fue el más feroz de sus detractores, probando una vez más que nadie perdona un favor. Hoy se intenta recuperar algunas de sus obras pero es muy difícil ver una representación en el teatro. En vivo solo hemos visto “El profeta” y en televisión “La africana” pero tenemos sus óperas más importantes.

          Así que anoche nos echamos a la ventura para ver “Dinorah”, una ópera con una cabra y una joven que ha perdido la razón a la que alcanza un rayo y cae a un río.  Tuvimos que tomar dos metros para llegar hasta la calle 120 al Riverside Theatre que pertenece a la iglesia, en los territorios donde vive el amigo Muñoz, donde se encuentran Columbia University, Barnard College, Morningside Heights, la tumba de Grant y el edificio de Moneo. El aria “Ombre légère”, una especie de breve escena de la locura a imitación de la de “Lucia”, es la joya de la ópera.  Aria que toda coloratura que se precie tiene en su repertorio.

           Después de ver la ópera interpretada con mucho amor y entrega por una compañía de aficionados uno no sabe si el olvido de Meyerbeer fue solo culpa de Wagner o Schumann.

          A la salida, camino de uno de los metros, a las puertas de la Universidad de Columbia, muy cerca de donde Lorca vivió como estudiante, apareció entre unos altos edificios una luna llena borrosa, vaga y difusa. Uno pensó si esa era la misma luna que vio a Lorca buscando sombras en la noche o era la que ocasionó la “ombre légére” que perseguía a Dinorah.

                       _________________________________________________

Esta es Joan Sutherland cantanto el aria. De todas las que conocemos es, junto a la de  Amelita Galli--Curci, nuestra favorita.
https://open.spotify.com/search/results/ombre%20legere%20sut

martes, 19 de marzo de 2019

Crónica de un día en Manhattan.



         



Ahora, que estoy jubilado, ir a Manhattan es hacer un viaje a una ciudad que cambia cada día
          Recordada en lo elemental, en lo que nunca muere; desconocida en lo que surge vertiginosamente: nuevos edificios, tiendas que desaparecen, calles que cambian de dirección y restaurantes que han cambiado de tema. Si es una aventura ir a Manhattan, el caminar desde la calle 42 a la 14 por la quinta avenida es casi un riesgo sentimental y físico.




          Tomamos el B que viene de Little Odessa y en el que uno se encuentra con rusas que hablan alto, maquilladas como si fueran invitadas a ver a Catalina, la grande y a viejecitos de mirada cansada y de piel nevada, pálidos. Como este de la imagen: con su gorra de cuero, el pelo blanco, pensativo que, de vez en cuando, ojeaba un periódico en ruso.

          


Vamos a la biblioteca de los leones, 42 y Quinta, a ver una exposición sobre "Stonewall 50" y el despegue de la sociedad gay; nada para escribir a casa: unas cuantas fotos y unos anuncios luminosos. Y el recuerdo, para una pareja que recorre la muestra con un toque de agobio melancólico, que les recuerda una fecha: 1971. Aprovecho que estoy en el enorme edifico, lleno de turistas, curiosos y estudiosos, y me paso a la sala de lectura a consultar un dato. Qué maravillosa visión: la sala repleta de lectores.



          Bajamos por la Quinta entre obras, aceras cortadas, la tienda de “Lord and Taylor” cerrada, edificios siendo demolidos o esperando ser construidos, las tiendas de chinos con camisetas y suvenires baratos y empleados de los autobuses de turismo que te avasallan en cada esquina. (! Qué felices en Prospect Park!).


          Eso sí: queda el “Flatiron” que compite con nuevos edificios sin personalidad. Entramos en “Eataly” a comprar anchoas que saben a España, prosciutto y mortadela que saben a infancia. Y tú te compras, en una tienda que huele a recauchutados y goma quemada, unas Adidas para “domarlas” para el viaje a España. Qué largo me lo fiais. Terminamos en “Bed, bath and beyond” que es como la ferretería de mi infancia pero en plan Basílica de San Pedro del clavo y el tornillo.

          Estaba el día áspero, corría una brisa revestida de ceniza ausente y un aire que lijaba la mirada. En algunas macetas municipales empezaban a salir los primores de la primavera, que aquí llega mañana. Sin que se note.
          Uno vuelve a casa cargado de paquetes, frío en el alma y llena la mirada de ausencias.






viernes, 15 de marzo de 2019

Dedicatoria en asonante


                  


                       


                            GERARDO DIEGO,  JARDINERO EN SILOS Y BARQUERO DE LA ESTIGIA

          Tenía manos casi marmóreas, de pianista, esmaltadas de venas azules, manos de Caronte; los ojos asustados como si hubieran visto a la muerte, el rostro de noble medieval, nariz generosa y fina, orejas crecidas, cuello largo de haber mirado un ciprés en Silos, cuerpo delgado, casi cristalino, la ropa incómoda; voz destemplada, como cortada por una navaja, agria, una voz que desentonaba con la bondad de sus ademanes casi arcangélicos.
          Había ido a Toledo a dar una conferencia en la Casa de la Cultura. Al acabar me acerqué. Estaba de pie, todavía subido en el estrado y, con la timidez propia de un provinciano delante de un poeta, le pedí que me firmara el libro. Cuando leí la dedicatoria pensé que me había escrito un espontáneo e irregular terceto en rima asonante: Barrero, Toledo y Diego. Lo achaqué a la magia de la poesía.

--¿Te gusta la poesía?
--Estamos estudiando la suya en el curso.
--Y ¿qué te parece? --me preguntó sonriendo, mientras escribía en la segunda hoja del libro
--Me sé de memoria varias.

                                                    También la piedra, si hay estrellas, vuela.
Sobre la noche biselada y fría
creced mellizos, lirios de osadía;
creced, pujad, torres de Compostela.

          Era el año 1959 y empezaba a conocerte. Recuerdo que viniste primero pura, vestida de inocencia, luego te vestiste de no sé qué ropajes y al final te desnudaste y te quedaste a vivir conmigo. Te quedaste como este libro dedicado, “quieto y en marcha” que canta “siempre el mismo verso / pero con distinta agua”.
          Dedicatoria y poesía que me traen un Toledo provinciano, abarcable, con un cuartel de la policía armada y otro de la guardia civil, una modesta y algo desafinada banda de música que tocaba algunos domingos en la plaza de Zocodover o en las procesiones de Semana Santa. Un Toledo sin apenas actividades culturales, con conciertos mediocres, recitales o conferencias de escritores de Madrid a los que asistían muy pocas personas. Un Toledo de barrios bien demarcados, de clases sociales bien definidas,  de palacios vacíos y posadas cervantinas, de conventos, iglesias, parroquias y catedral de lujo con cardenal primado y sus cartas pastorales, obispo auxiliar, canónigos, párrocos y coadjutores, con sonido de campanas tocando a misa de ocho, de nueve, de diez y de doce los domingos, doblando a muerto y repicando a gloria en una mañana luminosa de Sábado Santo. Un Toledo de cuarteles, con un Alcázar y con un gobierno civil y otro militar, de corona de laurel en un monumento a José Antonio, a finales de noviembre.  Un Toledo de procesiones con vírgenes vacías por dentro y envueltas por fuera de costosos mantos cubiertos de medallas, arropadas de oro y plata: muñecas místicas para el pueblo piadoso. Un Toledo que estaba tan cerca y tan lejos de Madrid que solo tenía una emisora local de radio que pertenecía a la familia Rato, con largos e interminables programas de discos dedicados, retransmisión desde la catedral del Santo Rosario y desde Madrid del diario hablado de Radio Nacional. Un Toledo  sin periódico local, solamente con páginas especiales dentro de algunos periódicos de Madrid. Un Toledo con un Instituto de Enseñanza Media que era un viejo palacio al que los chicos íbamos por la mañana y las chicas por la tarde, y algunos estudiantes dejaban notas amorosamente incendiadas que escondían en los pupitres para que las chicas las leyeran. Un Toledo en donde los domingos, la máxima diversión, era subir y bajar durante tres horas por la calle Ancha, desde la calle Hombre de palo hasta Zocodover, allí dar la vuelta a la plaza y bajar de nuevo, tomarse un cubalibre o un chato de vino y volver el lunes al trabajo o al colegio, a la monotonía provinciana. Un Toledo con la presencia del doctor Gregorio Marañón, enfundado en su capa española, un monárquico, republicano, franquista y católico comulgando en misa de doce en la iglesia de Santo Tomé y comprando a la salida mazapán en la Confitería del mismo nombre. Un Toledo con la impronta de Garcilaso, Lázaro de Tormes, Cervantes, El Greco, Juanelo Turriano, Pérez Galdós, Urabayen... Un Toledo sin sirenas de policías, sin huelgas, sin manifestaciones, sin bombas, una ciudad azoriniana, un poco viviendo de las rentas, empezando a despertarse con el turismo, la libertad de las turistas de minifalda y pechos sin sostenes, de la marihuana, las pintadas en algunas fachadas, la llegada de la música de los Beatles, la creación de un polígono industrial, un Toledo de derechas, capital de Castilla-La Mancha, con partidos políticos, con robos, con libertad...Un Toledo desbordado de mi historia que no puedo asociar a nuestra historia porque tú no estabas conmigo. Un Toledo que fue mi primer amor y del que me enamoré como más tarde me enamoraría de ti, siendo tú mi ciudad para siempre. 
          ¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre!




jueves, 28 de febrero de 2019

Cuarto menguante. La poesia de Ernesto Frattarola


       





                   ARDIENDO CASI HIELO: LA POESÍA DE ERNESTO FRATTAROLA

Ernesto Frattarola
Cuarto menguante
Ars Poética, Oviedo, 2018

          Cuando en 2015 me llegó Uno, el segundo libro de Ernesto Frattarola, supe que estaba delante de un poeta que sufre, que siente un dolor físico y ese otro dolor de siglos, un dolor “mediterráneo”, un dolor en el corazón al que podríamos llamar poesía: la angustia de ver pasar la vida, de sentir esa herida que le desgarra al poeta la razón, el sentimiento.  Sentimos que era “una poesía que quema y que corta: fría a punto de ser carbonizada, ardiendo ya casi hielo”. Han pasado tres años y nos llega Cuarto menguante, un libro que aunque es una continuación del anterior, en el que se muestra una fidelidad de estilo, de impronta personal, es un paso firme y seguro que recrea un mundo personal y un cosmos del que es difícil salir.

CARNAVAL

No necesito máscaras.
Mi escondite soy yo.

         Seguimos encontrando admirables poemas breves que son como una colección de aforismos, de metáforas “cerebrales”, “un diario de viajes”, un sistema poético en el que cada verso es una pieza, en apariencia metálica y sin conexión, pero que una vez que el lector ha roto esa aparente frialdad de frases independientes que, en ocasiones, reviste el poema de una armadura casi imposible de penetrar, una vez familiarizado con la voz y el estilo del poeta, vemos que cada verso encaja a la perfección y crea una maquinaria, una caja mágica, que late al mismo compás que late nuestro corazón. 

PRÓTESIS

A mi madre
le han puesto una rodilla de titanio.

Tiene ochenta y un años y una gran cicatriz.

Camina por la casa.

Debajo de la piel  
guarda el ruido de todos los serruchos,
las lágrimas de los primeros pasos,
la ausencia del ausente.

Y una rodilla metálica y fría
como mi corazón.

         Esperamos que este libro, en ocasiones, oscuro y tenebroso, con el tiempo, llegue a ser “luna llena”, pues aunque es desgarrador es tasmbién un aviso de lo que puede ser mañana. Cuarto menguante está dividido en cuatro partes (tal vez innecesarias): Astillas, (a uno le hubiera gustado esta sección como título del libro), Relente, Madrigueras y Aullido (que uno asocia con Allen Ginberg). Cuatro secciones angostas como un estrecho que tiene de orillas a la muerte y al dolor y que va a desembocar al mar que todos llevamos dentro.

LEÑA

Ojalá hubiera luz,
aunque no hubiera libros,

Una hoguera de libros,

         Llevemos consigo la esperanza y la palabra al caminar por Cuarto menguante porque sabemos que las palabras que “no mueren pero puede matar”, “nos miran desde dentro. / Nos matan desde dentro.” Y eso es lo que nos hace vivir, “nos sobrevivirán”.
         Posiblemente el poema “Agosto”, que es uno de nuestros favoritos, defina, de una manera total, la poética, el sentimiento, la mirada, el mundo de Ernesto Frattarola: lo que antes apenas era nada, es ahora una realidad, un todo, un poeta que escribe una poesía como hecha con mármol de Carrara. El pasado pesa, el futuro aligera. Es el presente el que nos lleva a la muerte.
        

í


domingo, 24 de febrero de 2019

Palabra adentro: la poesia de Antonia Álvarez



                                               

                                      La poesía de Antonia Álvarez, tocada de gracia.


Antonia Álvarez Álvarez
Palabra adentro
Casa de Andaluvcia dew Denia.

          Sustentada por la nieve de la melancolía,  perfumada por la rosa de la belleza, tocada de gracia, envuelta en una niebla clara, limpia y luminosa nos llega la poesía  de Antonia Álvarez Álvarez. 

          Enriquecida con una serena musicalidad, construida con nobles materiales, cimentada con temas eternos, tratados como si fueran nuevos, los poemas le llegan a uno y le deja tocado de gracia y de belleza. 

      Aquí lo tenemos en estos tres poemas de su último libro, “Palabra adentro“: tres poemas “exteriores” llenos de interioridad. Observen en “Campo“ la aparente facilidad que, sin embargo, encierra una lección en cuanto a la rima, a la medida, a la musicalidad, a los peligrosos encabalgamientos que crean un poema en dificil equilibrio formado con tres endecasílabos y un heptasílabo.  Un poema que escomo un buen poema tiene que ser:  un universo lleno de vida, con trigales, tiempo y agosto, naturaleza, el viento, colores, el rojo, las flores, la mirada, el cielo azul, el pensamiento y la nada que es el todo.  Una acuarela donde cada pincelada es necesaria, nada sobra, 


          Estos dos poemas de tema aparentemente cotidiano y domestico transcienden los límites anecdóticos para llegar a niveles morales, metafísicos y hasta filosóficos.  






   Palabra que ahonda, poesía que queda. 
     

sábado, 23 de febrero de 2019

La segunda piel, Antonio Fernández Lera





                                                  LA SEGUNDA PIEL: POEMAS LENTOS DE FERNÁNDEZ LERA
.
Antonio Fernández Lera
Poemas lentos (2012-2018)
La garza roja, Madrid, 2018.

    Antonio Fernández Lera, 1952,  inaugura con “Poemas lentos” la colección “La garza roja”.  Consta el libro de cien poemas, en su mayoría breves, a veces sin puntuación, donde la razón es una de las principales protagonistas. Poemas en apariencia fríos, abstractos, dentro del terreno de la metafísica, poemas con preguntas que, en ocasiones, no tienen respuestas, pequeños textos filosóficos que tratan de la existencia, de la esencia de las cosas, de la transitoriedad de la vida. No nos dejemos engañar por las apariencias, que en estos poemas lentos, engañan: entre las ideas, los axiomas, las dudas aparece la luz, la magia de la poesía, el universo del poema.
    Es Fernández Lera un poeta que cuenta con varias publicaciones: En “Cuadernos de Cántiga” ha publicado Cuadros escritos (1983), Proyecto Van Gogh: Entre los paisajes (1989), Cuentos melancólicos (1990) y Los ojos paralelos (1991). Ha publicado además: Los hombres de piedra (1990), Plomo caliente / Monos locos y otras crónicas (2000), Leni, mon amour / Newtoniana (2001), Las huellas del agua (Gijón, Trea, 2007). Inéditos: Memoria del jardínLas islas del tiempo. Y en el campo de la traducción tiene obras poéticas y escénicas de W. H. Auden (El mar y el espejo), de W. Shakespeare (Versos del loco) Heiner Müller, James Merrill, Sarah Kane, Stephen Berkoff, Jenny Holzer y Bruce Naumann, entre otros. Ha sido editor de “Cuadernos de Cántiga” (junto con Alfredo Buxán, del que hablamos hace poco de “El rumor”, su último libro, también publicado bajo la mirada de la garza roja).
    He seleccionado tres poemas, (el 100 es uno de mis preferidos), que tienen como nexo  a la música “y que no pare nunca”, a las sombras de la noche, a la presencia de la naturaleza, a la segunda piel. En los tres se puede observar el estilo personal de Fernández Lera, el dominio de la imagen, el ordenado desorden de la vida. La lentitud que, poco a poco, nos lleva a ese “mundo que nos pertenece / hasta que dejamos de existir”.





miércoles, 20 de febrero de 2019

Cinco maneras de mirar un tejado.



El edificio de ladrillos rojos.












Viene la nieve
y crece en el tejado
la madrugada.












Al mediodía
extiende su raíces
la sal del sol.










A media tarde
se amotina la sombra:
temblor de huida.











Como una gata
las uñas de la noche
la plata funde.











Pasa la vida
y un paraguas se viste
de luz mojada.