martes, 13 de noviembre de 2018


   






“Y, DE PRONTO, UN PÁJARO”, DE FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO: 666 AFORISMOS Y OTROS DECIRES. 


  
          Si nos adentramos en este bosque de aforismos nos encontraremos con el catedrático, el poeta, el amigo, el campesino, el abuelo, el filósofo; escucharemos el canto de no uno, sino de varios pájaros, el ruido del mar, el crujir del fuego, el respirar de la lluvia.

          Entre la ligera espesura del bosque saldrán a nuestro encuentro espléndidas ilustraciones que hacen de este bosque un pequeño museo: desde un monje repicando a gloria o a muerte a un corazón que es caja fuerte y prisión, pasando por cuerpos que son ramas, a la muerte que acecha o a un caballo-unicornio-mariposa...

          Pero sobre todo podréis cortar 666 flores, atesorar piedras 
preciosas, coleccionar asombros y metáforas, navajazos y caricias, apreciar sabiduría popular y académica, filosofía y ateísmo, amor y desamor. Y experiencia. Consejos que nos ayudan a vivir: un libro con respuestas editado primorosamente por “eolas ediciones”.

          Y, de pronto, podréis ver el vuelo de un pájaro.

        PD.- Uno agradece que de las 16 ilustraciones que enriquecen el libro aparezca una de HB. La fotografía de solapa de Francisco Álvarez Velasco es obra de Jesús Nariño.



viernes, 9 de noviembre de 2018

EN UNA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE BARRIO , de Bendición de la ceniza (en progreso)





EN UNA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE BARRIO

La joven directora del centro, afiliada a Podemos,
presenta brevemente al “ilustre poeta”
esperando que el acto termine lo más pronto posible.
El editor se aburre, le aprieta la corbata y se incómoda
por la poca asistencia que ha tenido el evento,
y cuenta, una vez más, los libros no vendidos.
Y eso que el trovador, viejo y desencantado,
ha estado muy amable,
como si al fin se hubiera bajado de la torre
donde el marfil había envejecido,
aunque siga llevando chaleco de bohemio y corbata de seda.
Lo presenta un poeta, un poco de memoria, elogiando la técnica,
la astucia, el estilo de la obra poética del viejo compañero.
Entre los asistentes algunos jubilados que se duermen,
una pareja gay enamorada,
tres ancianas que saben que al final habrá tortilla y vino,
la penúltima amante del poeta,
y una amiga de la misma cosecha que la estrella,
con un pañuelo rojo que es como una llamarada por su cuello,
que suspira y cambia de postura
cuando escucha al poeta recordar sus amores
entre los que ella estuvo hace ya muchos años.
En la última fila, un mitómano tímido y buskowsniano,
se estremece ante cada palabra del experto: es poeta y es joven.
Al terminar el acto se acerca tembloroso y suplica al Maestro
que le firme el libro presentado (es el mismo de siempre,
el que escribió hace años) y se marcha a su casa
como quien lleva un cuerpo.
Es cierto que entre poema y charla del poeta,
el discípulo amado miraba de reojo a la bibliotecaria,
gestos cortantes, autoritaria y firme, pechos como los de una virgen,
y pensaba que ella era el poema que arde, la poesía,
la luz que iluminaba la penumbra del local.
¡Cómo le gustaría llevársela a la cama,
leerle algún poema y follarla como dicen que follan las tías liberadas
y como dicen que el maestro de joven follaba a sus amantes!



jueves, 1 de noviembre de 2018

"Mirando unos lirios" de (Bendición de la ceniza) --En progreso--.




A LA MANERA DE W. S.
MIRANDO UNOS LIRIOS


1
Al llegar ocuparon un lugar cerca de la ventana,
medio abiertos midieron el espacio
hasta hacerse los dueños del silencio
y tomaron la casa.


2
Me llamó la espesura del perfume,
como cuando unas voces me arrastraban
de noche a la maleza,
y me acerqué al borde del abismo.
Aquí solo la esencia me esperaba,
allí la muerte.


3
Entró la nieve con olor a verano,
seda desposeída de su tacto nupcial,
siete alondras de acero
con las plumas rozadas con acento de Brooklyn.


4
Si la sombra está arada, mirlos de vuelta al Sur,
octubre es ese brote sin abrir
doblándose de agua.
No sabe para qué sirve la sed.


5
Desde la orilla de los estambres, clavos de la Pasión,
se adivinaba un río caudaloso:
polen dorado que fluía sobre un cauce de cieno.


6
En los tallos una mística armadura
de santos que murieron en olor de castidad.
Dolores de cilicios como dientes de lobos.


7
Un bisturí de luz y sombra
apuñalaba el tizne que crecía
en la espina dorsal de una paloma.

  
8
Blanco España,
sabotaje de cal en la pared en luto:
seis pétalos abriéndose,
pañales impregnados de loción a granel,
sin tierra y sin raigón.


9
El peso de la muerte se filtra en las raíces.


10
El verano se llevó el canto de los pájaros
y en la fachada de ladrillos rojos
se sofocó el incendio.


11
Rota la tela metálica de la noche
la piel se volvió sucia
y la lluvia escribió en los cristales
nombres que no olvidamos.


12
Ahora esperan que venga la ceniza,
que comience la hoguera a quemar los despojos
y regrese el temblor entre las sabanas.


13
El agua del florero sabe amarga,
se marchitó el perfume y ni la lluvia borra
ese olor tan espeso que dice que eres viejo.








viernes, 12 de octubre de 2018

Cruzando fronteras


                           

                                             CORAZÓN DE SEDA, MENTE DE HIERRO

                                            Cruzando fronteras, de Rosalía Perera Gutiérrez  

          Es un libro de viajes, una guía para perderse por los caminos de la esperanza y de la vida, un libro de geografía con mapas como los que dibujábamos de pequeños con ríos azules, montañas marrones salpicadas de nieve, campos verdes y caminos que no iban a ninguna parte, yendo a todas. Es un libro con los cinco sentidos, un pequeño museo de miniaturas montadas en marcos de poesía y sensibilidad, acuarelas luminosas. En sus páginas se escucha la llamada de la lluvia en los cristales, el ladrido de un perro, el crujir del verano, se rastrea el humo, se siente el frio y anotamos nombres, canciones, películas, música. 

          Cruzando fronteras es, sobre todo, “una invitación al viaje”, que es una manera de ser libre, de enriquecerse, de volver con el equipaje lleno de luces y recuerdos. Un libro de columnas, a dos columnas, (aparecidas en la prensa de Badajoz) que sostienen el templo donde vive la poesía, la prosa cálida, la metáfora justa, el “dolorido sentir” y el hondo sentimiento del tempus fugit. Pero también, no lo olvidemos, y ahí radica su dualidad literaria,  es un libro que habla de justicia social, de hermandad y entendimiento, de libertad y humanismo. Un libro en el que vemos nevar en Nueva York (una de nuestras columnas favoritas), asistimos a la llegada de la primavera o el otoño, acompañamos a la poeta en busca del tiempo perdido; un libro en el que encontramos gente que quiere levantar muros, una mujer nigeriana que “narra secuestros, violaciones, torturas en su país”, gente que busca refugios, “homosexuales que temen ser asesinados, arrojados desde las azoteas”.

          Cruzando fronteras es un rosal lleno de las rosas más bellas del jardín de la melancolía y de la hermosura pero con las espinas más peligrosas que casi siempre intentamos no ver ocultas por el fulgor de la rosa. Un libro escrito con el corazón y con un alto sentido de justicia social.

          Rosalía Perera Gutiérrez es una escritora que lleva puesta la toga en su mirada y una abogada que escribe poesía y que trabaja para la aplicación efectiva de los Derechos Humanos. Perera centra su lucha en las minorías perseguidas y, en especial, en las personas víctimas de la trata de seres humanos.

          Breves, poéticas, humanas, de apariencia sencilla, locales, como escritas con tinta de melancólica niebla, Cruzando fronteras es un manual escrito por una mujer de nuestro tiempo, con corazón de seda y mente de hierro: los dos railes por donde circula el tren de la vida en el que viajamos. A través de la ventanilla vemos pasar la historia de guerras y soledades, de silencios y olvidos, de sombras y recuerdos. Vemos pasar la vida que se nos va montados en ese tren que llega a países sin que nos detengan en las fronteras porque en el mundo de Rosalía Perera, poeta y abogada, madre y mujer, las fronteras que separan, aunque sean las nuestras, no existen

domingo, 7 de octubre de 2018

Del "Diario"


Jueves, 14.- La señora Gregoria tenía una verdulería y una carbonería en el callejón de Bodegones al que nosotros nos asomábamos por la ventana de la cocina. Era un callejón medieval, estrecho, los tejados casi tocando uno con el otro, oscuro, angosto, con una fragua al final. La carbonería la llevaba Seve, un hijo de la señora Gregoria. La casa de la señora Gregoria estaba al final del callejón y tenía una fachada un poco teatral, con un balcón abarrotado de flores que hacia la delicia de pintores y fotógrafos, una puerta con cristales y un tejado saliente con tejas que amenazan con volar. Cuando llegaba el Corpus y convocaban el tradicional concurso de balcones la señora Gregoria sacaba el mantón de Manila y lo colgaba junto a geranios luminosos, margaritas temblorosas, clavellinas que tiritaban y hortensias ostentosas y mandonas. Siempre se ganaba el Primer premio. La señora Gregoria de haber tenido estudios hubiera sido un médico prestigioso o un científico famoso o un buen político. Pero la señora Gregoria se pasaba parte de la vida en la verdulería, con delantal recién planchado, peinada con raya en media y mono caído, y vigilando a su hijo en la carbonería. Cuando nosotros éramos niños traían el carbón en serones que venían en dos carretas arrastradas por bueyes de ojos grandes, llenos de moscas, pacientes y bondadosos que a veces embestían, de pronto, al aire haciendo un ruido metálico. Nosotros los mirábamos desde el balcón y veíamos a los hombres como se ponían encima de la cabeza un saco doblado como si fuera una capucha y transportaban los serones desde la calle de Santo Tome a la carbonería ya que las carretas no podían pasar al estrecho callejón. Cuando Fraga era ministro remozaron las fachadas sacándola los colores y las tablas que las cruzaban, pintado balcones, puertas y ventanas, y acondicionado las aceras como si fuera a pasar Celestina. Un día el ministro visitó el callejón. Fue una visita relámpago. Le vimos cómo se bajaba del coche, miraba a las fachadas, a las ventanas, a los tejados y dándose media vuelta desapareció. El callejón de Bodegones sirvió de modelo para muchos pintores, especialmente para Don Enrique Vera, profesor de dibujo del Instituto y director de la Escuela de Artes y Oficios que un día se suicidó colgándose de un cinto en su casa. La señora Gregoria arreglaba huesos dislocados, daba consejos a jóvenes enfermizas y tenía una mirada profunda, de bruja y de reina. Era de las vecinas que no iba a misa lo que a nosotros nos daba una idea de endemoniada, misteriosa y con poderes. Cuando la señora Gregoria se quitaba el mandil, se arreglaba y se ponía, sobre todo, unos pendientes de esmeraldas que a mi madre les parecía la séptima maravilla del mundo, se convertía en la reina del barrio a la que don Gregorio Marañón saludaba con afecto a la salida de la misa de doce de la iglesia de Santo Tome a la que asistía los domingos junto con Victorio Macho y otros ilustres republicanos. En verano las vecinas se sentaban por la noche a tomar el fresco y yo a veces me asomaba sin que me vieran y las oía hablar de maridos, amores y sexo. Se fueron muriendo poco a poco, la fragua cerró su lumbre, su chisporroteo y el monótono martilleo, con la llegada del petróleo cerró la carbonería y dejaron de venir los oscuros carboneros llenos de polvo y de cuerpos fuertes, traspasaron la verdulería que se convirtió en frutería, los geranios se secaron, el balcón se desnudó y apareció más pequeño de lo que parecía, apenas si una ventana. La ventana de la cocina de mi casa en donde hubo tanto movimiento, tanta vida, tanto fuego, tanta alegría, tantos olores y en donde puedo ver ahora a mi madre se cerró y se llenó de silencio frio y de humedad contagiosa. La señora Gregorio se murió y con ella se apagaron el brillo, los verdes chispazos de las esmeraldas y el de su mirada. Ella se llevó, entre el mandil recién planchado de mi infancia, mi inocencia. Ya no pude asomarme a la ventana de la cocina, me tuve que ir lejos para que la mirada adquisicional de la señora Gregoria no me abrasara al mirarme y descubriera mi secreto. 


Diarios (2012-2013). La isla de Siltolá, 2015.
Fotografía: Carmen Molero Peñaranda-Salinero



miércoles, 26 de septiembre de 2018

Del Diario


260918.- A las nueve tengo cita en Manhattan con el oftalmólogo que tiene la oficina en la calle 37, cerca de la Segunda Avenida que es una de las vías que conducen a las Naciones Unidas. Salgo con antelación porque la ciudad está tomada por presidentes, diplomáticos y funcionarios que asisten a la apertura de temporada de una institución que existe para mantener la paz pero que no sirve para nada. El Sr. Koch, un alcalde demócrata de Nueva York, dijo una vez que la ONU era un “cesspool” (una cloaca).  Cientos de policías vigilan la ciudad y la nueva limusina del Sr. Trump lleva un frigorífico que guarda varias pintas de sangre del mismo tipo que la suya. Suenan sirenas, pasan ambulancias, un helicóptero da vueltas, los coches apenas se mueven y un joven ciclista, impaciente,  se baja de la bici y camina entre los coches. Al pasar por el edificio donde está la misión permanente de Cuba ante las Naciones Unidas, en la Avenida Lexington, tenemos que cambiar de acera: varios policías armados con metralletas apuntan a los transeúntes. De un hotel de Park Avenue sale el primer ministro de Japón y se forma un revuelo en torno suyo: un grupo de japoneses prácticamente lo arropan. En la Quinta Avenida vemos que Lord & Taylor, una de las tiendas con más solera de Nueva York, cierra sus puertas. Lord & Taylor fue por un tiempo una de nuestras tiendas favoritas. Duele ver cómo otro establecimiento desaparece. El día está nublado, pesa el aire y es plomo la luz. Durante la visita al oculista, rodeado de máquinas, alguien se refleja en un espejo y le cuesta reconocerse. Todavía con las pupilas dilatadas veo una ciudad tomada, agresiva, en armas. Nos da un poco de claridad saber que el mundo entero se ríe del presidente de USA. Qué descansada vida la del que huye en días como estos de Manhattan. (¿Estará uno huyendo de sí mismo?) ¡Qué alegría vivir en Brooklyn!




domingo, 23 de septiembre de 2018

Ceremonia de la ceniza





Pájaros inquisitoriales, revestidos para la ceremonia de la tortura, abren la comitiva. Llevan pliegues de acero, togas de fuego y algodón de quemar.
Tú ibas delante y yo detrás.
Roedores que clavan sus dientes afilados, hunden sus uñas de cristal y construyen guaridas por donde crece la nieve.
Llegó el tiempo en que tuvimos que cerrar las ventanas.
Cuervos de carbón encendido; sus plumas, ascuas en plenitud, sus alas tizones de sombra espesa, picón mojado sus uñas; el pico, una gubia de luz renacentista, ceniza maldita su aliento.
Fuimos perdiendo amigos y anduvimos por un campo minado.
Un hurón de oficio electrificando, con su lentitud mecánica, la columna vertebral del reo. La hoguera estaba montada y ardió la nieve.
En las misas de réquiem yo iba detrás y tú delante.
Un “torquemada”, con el hisopo lleno de lluvia, bendijo las cenizas.
Mientras dormía, tú intentabas robarme un poco del dolor.