viernes, 22 de julio de 2016

Las uvas amarillas, de Pilar Aranda

                                       
Las uvas amarillas, de Pilar Aranda.
Un luminoso y maduro racimo de poesía verdadera.

La poesía debería ser un punto de apoyo no una mano que te empuje al precipicio.
La poesía no es solo una cuestión de rima, musicalidad, estructura, elección del tema, del título del poema o la precisión en escoger la palabra exacta, la metáfora más afortunada y el fondo que vaya paralelo con la forma y sirva de ropaje para lo que se dice.
La poesía es, también, un estado mental, una postura espiritual y una conexión con la formación intelectual del poeta. La poesía es, sobre todo, una sed y una sequía de adjetivos.
         Las uvas amarillas (Editorial Corona del Sur, 2016), de Pilar Aranda, es mucho más que un punto de apoyo. Es un libro que te abraza, que te protege, que es madre y padre a la vez, un libro juicioso, abierto, espléndido como una fruta llena de sabor, que alimenta al espíritu y sacia tu sed de buena poesía. Es, también, el primer libro que publica la poeta, que no quiere decir que sea lo primero que escribe. Aranda es una poeta de siempre.
Las uvas amarillas lleva citas de Sábato, Gamoneda y Auden que van ilustradas con tres preciosos y delicados dibujos de la artista Regina Maillo. Dividido en tres partes, la primera, Fragmentos, es un tapiz sin acabar donde el mundo aparece en invierno, con el mar, los tejados rojos, el sol. Es un espacio abierto con dos caminos que se bifurcan: el de la razón, con poemas como “Descenso” o “La vida a veces”, y el del corazón, que es el más ancho y transitado, con poemas  como “Los tejados negros” o “El estanque”. Abre esta primera parte “Conversaciones con el mar”, un 28 de octubre, que más que una conversacion es un soliloquio “de fin de temporada”: “Tú y yo sabemos / que está al caer noviembre”. A uno le gusta, por su brevedad, esta preciosa cancioncilla que bien podría ser de algun poeta anónimo del XIV o de Alberti (que a su vez imitó el estilo de los poetas “populares”).
Qué tiene hoy el arroyo
que no quiere mirarme.
Le canto
y apenas me salpica.
¡Qué le contaste anoche
después que me marchara!
La segunda, que da nombre al libro, es la sección más uniforme y temática, el corazón del texto, con poemas narrativos y con “argumento”, escasos en imágenes huecas o metáforas “que no se puedan explicar”. Poemas “humanos”, poemas vividos, con un ramalazo social, de sabor a cotidianidad, cálidamente fríos. Poemas para leer, sentir y meditar. “Nosotras” y “Rosa, ama de casa, 53 años”, (título que a uno le recuerda a Hierro o a Otero o a Celaya), son dos muestras del alto nivel de la poesía de Pilar Aranda.
Cierra el libro “Canto del agua” que contiene seis poemas de temática familiar algunos dedicados “Al pequeño Félix”, “A mi madre”, “A Félix” y “A Carla”. Si el libro comienza con un monólogo con el mar termina con un “Inmenso abrazo. (Al viejo árbol de nuestra casa”).
Y quedamos así, árbol y alma,
con mi mejilla hundida en tu madera.
Yo desnuda de tiempo, de memoria,
me cobijé en tu templo,
tú me ofreciste la savia de la vida.
       !Qué inmenso abrazo!
Se desprendieron solos mis alambres,
encontraron raíces mis quejidos. El aire
me devolvió el aliento.
El sol detrás, retenía las horas.
        Y mirando Dios,
        llenó mis ojos,
        y nos cubrió  de lluvia.
  

Anatole France decía que una obra de arte nunca se acaba, que está siempre creciendo y en movimiento, con una dinámica creadora y reflexiva. Ante la imposibilidad de terminarla y hacerla perfecta se la deja aunque a los ojos del creador todavía esté necesitada de su protección. Abandonada, llega a otros ojos, a otras manos, a otro corazón y estos la acogen y la hacen suya. Y, a su manera, la vuelven a adaptar a sus necesidades, a sus deseos, a sus esperanzas, a sus miedos y a sus sombras. Pero la obra sigue creciendo en ellos y, aunque sea la misma que salió del corazón del escritor, ya no es la misma.
Así es Las uvas amarillas, un libro meditado, que derrocha sentido común, paz, alegría. Un libro que se nos entrega para que su mensaje siga creciendo en nosotros y lo hagamos nuestro y así que perdure. Un libro que llega justo a tiempo, reposado, hecho sin prisas y con mano artesana y corazón de poeta, con sabor a vino y a tiempo de cosecha Un libro como un luminoso, dorado, y maduro racimo de uvas amarillas.

miércoles, 20 de julio de 2016

Escribir lo nuevo como si fuera viejo y lo viejo como si fuera nuevo

               








        Poética para Susana. Anatole France decía que una obra de arte nunca se acaba, que está siempre creciendo y en movimiento, con una dinámica creadora y reflexiva. Ante la imposibilidad de terminarla y hacerla perfecta se la deja aunque a los ojos del creador todavía esté necesitada de su protección. Abandonada, llega a otros ojos, a otras manos, a otro corazón y estos la acogen y la hacen suya. Y, a su manera, la vuelven a adaptar a sus necesidades, a sus deseos, a sus esperanzas, a sus miedos y a sus sombras. Pero la obra sigue creciendo en ellos y, aunque sea la misma que salió del corazón del escritor, ya no es la misma.

     A: Angustia. Lo emocionante es el proceso creativo. Un poema nace, pero se hace. Se lee una frase, se huele un perfume, se toca un cuerpo y algo de ello se queda escondido en el cerebro y, de pronto, un día vuelve y “algo” te empuja a ponerte delante de una hoja. No sabes qué va a ocurrir. Y empiezas. Algunas veces ese principio se queda en principio. Otras se logra escribir unos versos, en ocasiones se deja un espacio para más versos que se sabe que van ahí, pero que no se tienen todavía, sin embargo, sí que se tiene el verso final u otros versos aislados. El primer esbozo a veces sólo queda en eso: algo impreciso y borroso. Otras veces el esbozo pasa a ser algo parecido a un poema: las tachaduras, cruce de palabras, adiciones, mudanza de versos, flechas, interrogaciones… Al enfrentarte con el poema y leerlo en voz alta, se nota que no es lo que se quiere y se deja. O, por el contrario, te dice algo a ti mismo y lo corriges, lo pules, podas las palabras innecesarias. Podar es siempre muy difícil. Hay que callarse mucho para decir poco. Tiempo después, si quedas satisfecho, lo pasas “a limpio” y lo pones a descansar. Si después de dos o tres meses todavía te dice algo, lo salvas, si no, lo dejas que descanse. Durante este proceso se vive un período que va desde el gozo y el placer al dolor y a la angustia. Al corregir hay como una urgencia que hace que luego se dude y no se entiende bien lo que se puso y uno tiene miedo de no recordar la palabra elegida. Desde que se escribe el primer verso y se llega al último, el poema salvado, se ha vivido con el poema por mucho tiempo. Sí, tocadle más y más, que la vida de la rosa está en el tacto de su espina, no en el perfume de su terciopelo. Bye, Juan Ramón.

     B: Buceos. La poesía no es solo una cuestión de rima, musicalidad, estructura, elección del tema, del título del poema o la precisión en escoger la palabra exacta, la metáfora más afortunada y el fondo que vaya paralelo con la forma y sirva de ropaje para lo que se dice. La poesía es, también, un estado mental, una postura espiritual y una conexión con la formación intelectual del poeta. La poesía es, sobre todo, una sed y una sequía de adjetivos.

     C: Claridad. Nunca descifrar del todo la oscuridad, dejar que el enigma nos preocupe, nos inquiete y nos haga volver de nuevo a la búsqueda de la claridad total.

     D: Dudas. Cuando se es joven se suele escribir un poema inmediatamente después de sentir la “inspiración”. El tiempo enseña que la inspiración es otra cosa y que “esta cosa” hay que dejarla reposar, que la emoción se sedimente, y luego se reavive y sea filtrada a través de las propias experiencias del poeta. (Hay poetas que le han puesto un piso a la inspiración). No hay que ponerse demasiado serios para escribir un poema, pero tampoco ser un payaso. ¿Hay que escribir un poema desnudo, desnudo?

     E: Engaño. Vivimos y nos movemos en un coto cerrado llamado Engaño y los poetas que utilizan este engaño son más justos que quienes no lo utilizan y el que es engañado se hace más sabio que el que no se deja engañar.

     F: Fingimiento que ya el marqués de Santillana, en su Proemio-carta, nos brinda al definir a la poesía como “un fingimiento de cosas utyles, cubiertas o ueladas con muy fermosa cobertura, compuestas, distinguidas e scandidas por cierto cuento, peso e medida…” Veladas con muy hermosa oscuridad, con enjundia y musicalidad.

     G: Gatillo. Un poema es una bomba envuelta en papel de plata que, después de haber encendido la mecha en el primer verso, debe estallar en el último.

     H: Humano. “La defensa de la oscuridad tenía su base en el concepto divino de la poesía”. Gorgias me alumbra esta triada: engaño-ocultamiento-veladura. Lo curioso que esa veladura cubre algo que es una verdad luminosa. Querer tapar el sol con un dedo. 

     I: Identificación. La vida del poeta, a veces, se mezcla con la de la persona en la que la voz poética es la voz del poeta que es la voz de la persona que escribe el poema. Y la confusión se funde y hace que el hombre se identifique con la poesía y la poesía con el hombre y ambos con el poeta. No saber que se vive: si la poesía, la vida o una voz.

     J: Juventud. Cuando uno ve la vida con la mirada de los 20 años, los poemas salen como un torrente. Se escribe con espontaneidad, frescura y excesivo derroche de palabras, poca idea, mucha elocuencia, apenas si un rescoldo para la reflexión y la meditación. Luego el tiempo te oscurece las palabras.

     K: Karma. Escribir lo nuevo como si fuera viejo y lo viejo como si fuera nuevo.

     L: Luz. Que cada palabra no escrita se lea, que cada silencio se oiga, que cada ausencia se presienta, que lo oscuro tenga luz y que no falte ni sobre nada, que agobien las imágenes pero que no traicionen.

     M: Maleza es sinónimo de bar, sauna, hotel, parque, alcoba, allí donde la peste todavía sigue vigente. El vicio esta ahí y con el vicio el reino de la peste y con la peste, la muerte. ¿A dónde iban esos muchachos que se adentraban en la espesura? ¿Al paraiso o al infierno? Adentrarse en la poesía como si de la maleza se tratara. Entrar al suicidio.

     N: Navaja. La poesía, o al menos mi poesía, debe ser también un elemento provocador, no en el sentido “marxista” que quería Otero: “un arma cargada de futuro” o la agresividad machista de Hernández, tan demagógica, artificial y falsa: “nacerá nuestro hijo con el puño cerrado”; yo estoy con la agresividad estética y si se quiere sexual, no equivocación en los “pronombres”, no militancia, sí poesía sincera y profunda, poesía metafísica escrita con el corazón y con los cojones. Yo estoy muy cerca del Cernuda de “al amor no hay que pedirle sino unos instantes, que en verdad equivalen a la eternidad…” Un poema más que un arma para el futuro es una navaja del pasado, una mano abierta para el presente y una eternidad basada en el instante de un amor para el futuro. Estoy en deuda con Góngora al que siempre hay que volver, con Quevedo, con Aldana, con la poesía contemporánea en inglés (Auden, Ginsberg, O’Hara, Schuyler, Frost…) Y estoy en deuda contigo.

     O: Oscuridad. La mala oscuridad es la que nos impide, por falta de conocimiento, destreza e “inspiración” aclarar la idea, mientras que la buena oscuridad es la que nos deja clara la habilidad, la disposición del poeta para oscurecer el poema, al hacerlo claro. Oscuridad y más oscuridad.

     P: Perturbar. Toda buena poesía, toda poesía seria debe tener algo de maldición y algo de misterioso. Y debe perturbar. Todo poema, como la vida, debe ser en cierto modo, oscuro y maldito. La oscuridad le da al poema una distancia y le hace minoritario e inalcanzable: un ghetto privado de belleza. Leer un poema debe ser un acto de reflexión, una comunicación con lo espiritual, un ritual, un sacrificio, un ejercicio de la mente y el corazón. Una comunión entre el poeta, el oficiante, y el lector. Lo maldito conecta al poema con lo negativo de la vida, con el infierno de la idea, con los demonios de la inspiración. Lo maldito condena o salva al poema de lo común, lo cotidiano y lo ya dicho y dicho mal.

     Q: Quimera. un arte de tal eleuado entendimiento e de sotil engeño que non puede aprender, nin aver, nin alcanzar, nin saber bien nin como deue. Baena dixit.

     R: Relectura. Vuelves a leer lo publicado y algunos poemas ya no te pertenecen, son ajenos, Y aunque reconoces algunas ideas, metáforas y versos es como si no hubieras sufrido y gozado y luchado al crearlos. Escritos por otra persona porque te ves reflejado como lector, no como poeta. Ves en ellos algo de magia, de verdad. Te quema una llama que nunca muere, aunque tú bien sabes que estos poemas morirán. Sientes una unión con otros poetas que una tarde, leyeron sus poemas como lectores y se supieron heridos, curados, condenados y malditos.

     S: Salvación. Poesía aparte de comunicación, belleza, reflexión o compendio del mundo espiritual e intelectual del poeta es, también, verdad, un espejo que enseña la cara y el alma (y la cama) del poeta, lo público y privado. Así con la verdad, oscura a veces para que el lector ejercite su mente y se gane el poema, seamos salvados por la Belleza que no vemos, que nos cerca y que buscamos desesperadamente.

     T: Tiempo. Pasa el tiempo y la palabra se remansa y, en ocasiones, no acude y el poema tarda en salir y cada palabra es un ejercicio de disciplina, cada idea es el resultado de una experiencia, meditada, vivida. Y cuando el poeta va enriqueciéndose de todo lo que le rodea, penas, alegrías, la vida y la muerte, la educación formal y la educación mundana, el poema es un compendio de la vida del poeta.

  U: Una definición de Paz. Entre lo que veo y lo que digo
                                             entre lo que callo y lo que sueño
                                             entre lo que digo y lo que callo
                                             entre lo que sueño y lo que olvido: la poesía.

     V: Verdad. Todo poema miente. ¡Ojo!

     X: En algunos poemas la ecuación esconde muchas incógnitas, algunas imposibles de solucionar.

     Y: Yo. Creí haber oído la voz que viene de siempre, descubrir la magia de lo que no se ve. Pero a menudo me pregunto: Y si realmente ¿estoy ciego?

     Z: Zarpazo. Dice Baena “…porque es opynion de muchos sabyos, que todo omne enamorado, conuiene a saber, que ame a quien deue e commo deue e donde deue…” Y el que no entienda que pregunte.

   Esta poética se publicó en el siglo XX en Libro de Notas, que dirigía Marcos Taracido. Marcos coleccionaba poéticas, y miradas de cuervos en la nieve y llegó a tener una valiosa y variada coleccion. Hoy, escribiendo una reseña de un libro de poesía, buscaba una cita.  No la he encontrado, pero me sí he descubierto este texto que había olvidado. La poética, o lo que sea, fue escrita para la profesora Susana Reisz que me guió, como una madre, por los tortuosos caminos de la tesis doctoral. 

martes, 19 de julio de 2016

Inventario de lugares propicios a la felicidad.









                                          

 
José Luis García Martín hace un Inventario de lugares propicios a la felicidad.

Noticia de un libro en dos niveles, escrito entre la crónica       periodística, el articulo de costumbres y la glosa literaria.


¿Qué escritor cuenta, como el que no quiere la cosa, con mas de 50 libros publicados en los que se hallan disciplinas tan diversas como el relato, el ensayo, el teatro, antologías, crónicas, diarios, aforismos…? ¿Qué poeta tiene varios libros de poesía y escribe tratados sobre cómo maltratar a los poetas? ¿Qué profesor acepta “alumnos” en horas extras para enseñarles a escribir mejor?  (Una poeta de Avilés me contaba que cuando iba a hablar con el profesor se ponía tan nerviosa que no “daba pie con bola”. Ahora, gracias a sus consejos, va a publicar un libro que le dedica). ¿Qué crítico ve en primer lugar, la paja en su ojo antes que ver y criticar la viga en el ajeno? ¿Qué director de una revista de nueva literatura invita a un hijo pródigo a volver al redil? ¿Qué animador de tertulias, decimonónicas pero con talante del siglo XXI, dirige, anima y mantiene durante casi toda una vida reuniones donde hay desde diálogos a monólogos pasando por diatribas, sermones, mentiras verdaderas, censuras y criticas a jovencitos poetas que se acercan a la sombra del árbol por lo que pueda caer? ¿Qué fotógrafo, sobre todo de paisajes imposibles, ventanas y autorretratos tipo “Dorian Gray”, publica en su muro de Facebook, casi siempre a la misma hora, imágenes del mundo y de su mundo que ilustra con jugosas, enigmáticas y sibilinas glosas, esperando sentado en el café, con sonrisa diabólica y tableta en mano, los “interesados” comentarios de algunos de sus fans? 

Y ¿qué autor traducido, que ocupa un puesto clave en la cultura española se “rebaja”, según alguien ha comentado, a publicar uno de sus mejores libros en una editorial en pañales? (Todos sabemos que de no haber cantado las verdades al lucero del alba podrían habérselo publicado en editoriales de “prestigio”, pero García Martín no se calla y no olvida y prefiere barcas independientes, aunque sean periféricas, a trasatlánticos capitalinos. Él sabe que a todo cerdo le llega el señor Martin). ¿No es este detalle, el dar uno de sus libros más sobresalientes a unos desconocidos, no es una respuesta y una clave para que los que le conocen a medias le conozcan mejor, los que le siguen y admiran refuercen su interés en su trabajo, los que le odian le sigan odiando más y con razón y  los que no lo han leído, lo hagan?

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Inventario de lugares propicios a la felicidad, publicado por NewCastle Ediciones, 2016, es un libro editado en pequeño formato, tipo misal ateo o libro de horas podemita, variado, que encierra poesía, aforismos, viajes, hoteles con fantasmas, huidas, (el que viaja huye), unas gotas de enredo, nombres propios de amigos y enemigos, enigmas, incidentes en Sevilla y en el Fontán y hasta una visita de Freud a Gijón. Posiblemente el preferido es “Metropolitan Museum (Nueva York)”, en el que uno aparece un poco de perfil, como Hitchcock en sus películas. 

Inventario de lugares propicios a la felicidad es también un breviario que se balancea entre la literatura y la vida, y también con lo soñado, con unas presencias fogosas que en ocasiones aparecen difuminadas por una niebla misteriosa y espesa. Textos breves condensados en capítulos de gran eficacia. Un libro con historias que hace que se lea como una novela, como un libro de viaje, como un libro fantástico sin serlo. Ameno, ágil, lleno de sentido común, con claves para descifrar ofrece muchas lecturas prácticas y teóricas: bien de una lectura a fondo o para picotear a golpe de página. Un libro que enumera, con un estilo inconfundible y propio, lugares dónde habita la felicidad, horas que nunca se olvidan. García Martín, predicador de la monotonía, viajero incansable la encuentra en una playa sin nadie, en un puesto de frutas en el mercado del Rialto, en un domingo de lluvia en Sorrento, en la Quinta Avenida, en la isla de Siros, en lugares remotos como la Ciudad Prohibida o cercanos como el Elogio del horizonte o el jardín francés del parque de Ferrara. Uno aprecia de un manera especial un lugar donde García Martín fue feliz porque al escritor “le gustan las calles de Toledo, adornadas para el Corpus, y con las oscuras golondrinas becquerianas susurrando “nunca más”, como en el cuento de Poe”. 

      “Un libro que es una “biografía soñada” a la manera de Patrick Modiano”, un poco a caballo entre la crónica periodística, el articulo de costumbres y la glosa literaria. Es un libro en donde lo cotidiano, lo real, lo perecedero, el dato actual va conectado con la tradición, lo clásico, lo que nunca muere, lo reposado. Inventario de lugares propicios a la felicidad es un país donde la felicidad no muere mientras nosotros vivamos.