sábado, 30 de abril de 2016

Primero de mayo.


                             


          Cada primero de mayo se celebra en las afueras de Toledo la romería de la Virgen del Valle, una fiesta popular y multitudinaria. Nosotros jamás íbamos ya que a mi padre no le gustaba ese tipo de festivales. Mi padre era un hombre muy serio al que casi nunca le vi cantar o sonreír o ir a un bar a tomar una copa. Todos los que le conocían le respetaban y le ponían como modelo de mesura, equilibrio y seriedad. La ermita de la Virgen del Valle, construida en 1626, está situada en una colina-precipicio desde donde se divisa una espléndida vista de Toledo que ya El Greco admiró y pintó. Tanto la imagen, que cuenta con el fervor de muchos toledanos, como la ermita son muy pequeñas. La primera vez que me llevaron a ver a la Virgen era un niño y recuerdo que lo que más me gustó, aparte de tocar la campana que me levantó en el aire y que nosotros oíamos a veces desde casa, fue un poemita que estaba colocado a la puerta del templo en un azulejo de cerámica y que me aprendí de memoria: 
Aunque pequeña me ves
soy muy grande como (h)ermita
pues la reina que me habita
tiene Toledo a sus pies. 
Y otorga al que solicita,
si pide con interés, 
aquello que necesita,
(si no la olvida después).
          En una ocasión mi padre decidió llevarnos a la romería. Hay o había una foto, en blanco y negro, en el bolso de la risa (que es como en mi casa llamábamos al bolso donde se guardaban las fotos antiguas) de todos nosotros sentados en el campo. Se ven otros grupos de romeros a nuestro alrededor y el único que no está mirando a la cámara soy yo. Al bajar a la ermita a besar a la Virgen, después de haber merendado en los cerros, recuerdo los puestos de tostones, caramelos, pipas, frutos secos, cerámicas, el olor a churros, el ruido temeroso de los cohetes y su curva de luz ya en el atardecer, la banda de música tocando marchas militares y pasodobles y sobre todo, la vista de la ciudad entre rojos y azules y la noche asomándose por detrás de la torre de la Catedral. 
         El gentío comenzaba a abandonar el lugar y caminaba por la carretera estrecha y angosta por la que apenas si pasaban vehículos. La mayoría llevaba tomillo, romero, campanas de barro, cantaban y olían a primavera. Franco y su policía todavía estaba en control y no habían empezado las huelgas y el día terminaba, falsamente en paz, con las manifestaciones artísticas de los trabajadores “a lo ancho y largo de España” en el Bernabéu. 
         Otros años nos acercábamos al Paseo de San Cristóbal, cerca de casa, donde desde un mirador se veían el Valle y la Virgen diminuta saliendo en procesión, subiendo y bajando cerros, rodeada de puntos de color que se movían. Se oían los cohetes y la música y el ruido del Tajo que nos separaba. Las monjitas de San Pablo y las Benedictinas encerradas en su clausura se asomaban a las ventanas con celosías y cantaban a la Virgen.          
           Al cantar, el gentío guardaba silencio y se podían escuchar las vocecitas lejanas de las monjas y el ladrido de algún perro. Al acabar, la madre superiora agitaba un pañuelo blanco para indicar que ya habían terminado. 
          A mí esto era lo que más me gustaba. Yo pensaba que el pañuelo era una gaviota que se escapaba del jardín de la clausura, un suspiro de libertad. Posiblemente ya no quede ninguna monja, ningún suspiro y ninguna gaviota que nunca hubo.