jueves, 25 de febrero de 2016

LIBROS DEDICADOS QUE VIAJARON CONMIGO DESDE ESPAÑA.





VERDAD, POESÍA, SENTIMIENTO Y RAZÓN EN LA POESÍA DE ANTONIO BRAVO

Antonio Bravo
Gaudeamur
Enkuadres, Colección azul, 2015.

En Mitología de los cristales negros, su primer libro de poesía publicado en 2012, el profesor Antonio Bravo, bajaba al mundo de la minería y recordaba la vida del padre, emigrante extremeño, que trabajó en él. Al año siguiente publica De Amicitia, libro que trata, como el titulo sugiere, de la amistad. En 2014 publica, de nuevo en latín, Et in Arcadia ego, en donde desarrolla el tiempo feliz de la infancia en Santa Cruz de la Sierra. Y ahora nos llega, también con membrete latino, Gaudeamus.
         Por las fechas de publicación uno podría deducir, erróneamente, que Bravo es un poeta tardío. Si leemos su poesía veremos que el profesor es poeta desde siempre. Y lo es por partida doble: como celebrante y como conocedor. Siempre con la poesía a su lado: como celebrante en el corazón, sintiéndola cercana y querida y en su cerebro como conocedor, estudioso de sus modos y modas, enseñando en las aulas, durante muchos años, el amor a la literatura inglesa y española. Lo que le hizo al poeta a esperar y no publicar fue el respeto que tiene a la poesía, porque la amaba; respeto que deberían tener muchos poetas que publican libros que dan dolor: «No me he atrevido a publicar mi poesía por pudor crítico: He criticado a los grandes, así que me daba la impresión de que lo mío no valía gran cosa».
Si en los tres libro anteriores el poeta había tratado  temas “familiares”, del pozo oscuro de la minería al pozo cristalino lleno de luz de su infancia, sin olvidar a los amigos que se fue encontrando en su vida, era de esperar que publicara un libro basado en su lado profesional, de educador, de docente en una universidad de provincias donde, como en todas las universidades, la envidia, la mediocridad, la zancadilla y el ansia por ascender la escalera de títulos hasta llegar a la cumbre tienen campo (y campus) preparado para florecer.
         Ya uno, desde el principio, aprecia la imagen que, torcida, como un poco a la deriva, ilustra el libro: el claustro de la universidad donde el poeta enseñó por muchos años. Y recuerda y vuelve a su tiempo académico con la letra del himno que el poeta invoca en el titulo. Himno que alguno de nosotros hemos entonado en ocasiones y que uno vuelve a recordar ahora, ya en la “edad vieja” y se le estremece el corazón:

Gaudeamus igitur
Iuvenes dum sumus.
Post iucundam iuventutem
Post molestam senectutem
Nos habebit humus.

“Así pues, vivamos la vida ahora que somos jóvenes. Después de una juventud placentera y después de una vejez achacosa la tierra nos acogerá”. (Traducción de HB).
         Gaudeamus es un himno que Antonio Bravo ha ido entonando a lo largo de su vida en la que ha ido escribiendo de los tiempos felices, de los amargos, de compañeros y poetas amigos, de momentos históricos, de presencias y ausencias. Un “canto jubilar y rememoración nostálgica… elegía y sátira, vida provechosamente vivida y el eco de infinitas lecturas”. Un libro engarzado con sólidos sonetos, que alternan con poemas llenos de verdad, de emoción, de sentimiento. Un libro que se abre con doce poemas en prosa con lo que podríamos llamar “Variaciones sobre un tema académico: Gaudeamus igitur” y siguen seis apartados de significativos y elocuentes títulos: El campus, Magistri, Pretéritos imperfectos, Mi atlas y Días airados.  
En este libro se oye la música del alma, el latido del corazón del poeta, el discurrir de la razón: Verdad, poesía, sentimiento y razón hacen de Gaudeamus un libro necesario en el muestrario de lo que se podría llamar poesía de campus en la que, como dice el también poeta y profesor José Luis García Martín en un prólogo académico y emotivo, Antonio Bravo “ocupará sin duda uno de los lugares más destacados”.  Un libro que es toda una vida. Y que ahora en el tiempo jubiloso del retiro el poeta profesor nos ha entregado este himno que, como una sinfonía, nos refleja el mundo universitario “con sus tradiciones e historias, muros, campus y libros, los profesores con sus vicios y virtudes, sus amores y desencuentros”.

MIS COLEGAS DE ANTAÑO.

Mis colegas de antaño pertenecen
a otra generación: la de los Beatles,
los hippies con sus flores en los campus,
los de películas de Arte y Ensayo,
la del sesenta y ocho en Paris
burbujeando en rojo, y en la nuestra
imperial piel hirsuta entre los sables
con manifestaciones reclamando
libertad y corriendo por delante
de alberos al igual que en Sanfermines.

Mis amigos de versos van de sobrios
por la vida y presumen de gastar
lo justo en nóminas injustas,
mas en parafernalias académicas
se emborrachan con Baco y las náyades
floreadas a costa de un mecenas.

Mis doctos compañeros deambulan
hoy entre espesa bruma por las calles
sin bombillas buscando aquella piedra
de la filosofía de la vida,
mas su filosofía realmente
es esperar a tanto día inútil
jugando a descansar de sus colores
vanos y de sus juegos con pasiones.

Y mis conmilitones ya no enseñan,
se convierten en mudos, sordos, ciegos,
e hipnotizados miran con asombro
que su aliento golpea contra el muro.
La prudencia no puede detener
a los que no quisieron detenerse,
son otros los que hoy hacen preguntas,
y ellos son los que ignoran las respuestas.