jueves, 18 de junio de 2015

Morir de pie...

   Morir de pie: la poesía del capitán Aldana

Dibujo de Hilario BarreroHasta hace relativamente poco la obra y el nombre de Francisco de Aldana eran desconocidos tanto por la crítica como por el público. Su influencia en la poesía de nuestro tiempo le ha redescubierto y han aparecido trabajos fundamentales y tesis doctorales que han estudiado la vida y obra del capitán divino. Entre los primeros debemos mencionar los de Vossler, J.P.W. Crawford, Rodríguez-Moñino, Menéndez Pelayo, José María de Cossio y el de Cernuda publicado en la revista Ínsula en diciembre de 1954. Además fueron decisivos el libro de Lefebvre, publicado en Chile en 1953, la edición de las Poesías de Aldana en “Clásicos castellanos” por Elías Rivers en 1966 y la de Planeta, de Rosa Navarro en 1994.
Aldana nació en 1537 probablemente en el reino de Nápoles, donde su padre era capitán, encargado de las fortalezas de Aquila, Gaeta y Manfredonia. De joven, viviendo en Florencia, adquirió Aldana “un conocimiento del neoplatonismo, sino también —dice Rivers—, hasta cierto punto, esa actitud pagana de hedonismo filosófico que asimismo era típica de la Italia renacentista”. Llega a Madrid en 1576 y escribe la famosa Carta para Arias Montano y las Otavas dirigidas al rey don Felipe. Conoció al rey don Sebastián de Portugal quien hacia preparativos para la conquista de África. Don Sebastián pidió a su tío el rey Felipe que le enviara a Aldana como consejero militar y así lo hace. Los dos se encontraron cerca de Tres Ribeiros y don Sebastián le nombró maestre de campo general. El ejercito portugués estaba mal organizado y cuando la fuerza enemiga, en la llanura de Alcazarquivir, atacó los portugueses perdieron su valentía y los moros mataron a casi todo el ejercito, incluido el rey don Sebastián que tenía 24 años y Aldana. Cuentan que algunos vieron a ambos un poco antes de morir. “Y el día de la batalla, andando Aldana a pie por le haber muerto el caballo, le encontró el rey y le dijo: – Capitán, ¿por qué no tomáis caballo? -Y él dicen que le respondió: -Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie. -Y con la espada en la mano tinta en sangre, se metió entre los enemigos, haciendo el oficio de tan buen soldado y capitán como él era”. Una muerte perfecta para un caballero y poeta de “a pie”.
La poesía de Aldana está llena de sensualidad y de neoplatonismo. Su actitud pagana, así como su manera de tratar el arte de amar le hacen un poeta rabiosamente actual. Y aun cuando el primer soneto que abre esta antología es citado hasta la saciedad lo hace porque en él vemos, aparte del dialogo, de la lucha de amor, la fusión de las almas, el armazón del poema, su trazado arquitectónico que es perfecto y su equilibrio, también apreciamos la fogosa sensualidad que hay en el poema y “una muy típica percepción hipersensual de la realidad física”. (Rivers). El escalofriante endecasílabo “en nuestros labios, de chupar cansados” es una directa y nueva manera de presentar la pasión de amar que nos quema y nos sorprende aun ahora. Siete sonetos para aprender a amar o a morir.



Soneto XII
-¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos, trabados,
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando,
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?
-Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también, tan fuerte
que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.




Soneto XXXIV
Reconocimiento de la vanidad del mundo
En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino
pensar todo apretar, nada cogiendo,
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.




Soneto V
Por un bofetón dado a una dama
¡Oh, mano convertida en duro hielo,
turbadora mortal de mi alegría!
¿Pudiste, mano, oscurecer mi día,
turbar mi paz, robar su luz al cielo?
El rubio dios que nos alumbra el suelo
corre con más placer que antes solía,
cubierta viendo a quien su luz vencía
de un mal causado, indigno y turbio velo.
¡Goza, envidiosa luz, goza de aquesto!
¡Goza de aqueste daño, oh, luz avara!
¡Oh, luz, ante mi luz breve y escasa!;
que aún pienso ver, y créeme, luz, muy presto,
cual antes a mi luz serena y clara,
y entonces me dirás, luz, lo que pasa.




Soneto XVII
Mil veces digo, entre los brazos puesto
de Galatea, que es más que el sol hermosa;
luego ella, en dulce vista desdeñosa,
me dice: “Tirsis mío, no digas eso”.
Yo lo quiero jurar, y ella de presto,
toda encendida de un color de rosa,
con un beso me impide y, presurosa,
busca tapar mi boca con un gesto.
Hágole blanda fuerza por soltarme,
y ella me aprieta más y dice luego:
“No lo jures, mi bien, que yo te creo”.
Con esto, de tal fuerza a encadenarme
viene que Amor, presente al dulce juego,
hace suplir con obras mi deseo.




Soneto XX
Es tanto el bien que derramó en mi seno,
piadoso de mi mal, vuestro cuidado,
que nunca fue tras mal bien tan preciado
como este tal, por mí de bien tan lleno.
Mal que este bien causó jamás ajeno
sea de mí, ni de mí quede apartado,
antes, del cuerpo al alma trasladado,
se reserve de muerte un mal tan bueno.
Mas paréceme ver que el mortal velo,
no consintiendo al mal nuevo aposento,
lo guarda allá en su centro el más profundo;
sea, pues, así: que el cuerpo acá en el suelo
posea su mal, y al postrimero aliento
gócelo el alma y pase a nuevo mundo.




Soneto XXXI
El ímpetu crüel de mi destino,
¡cómo me arroja miserablemente
de tierra en tierra, de una en otra gente,
cerrando a mi quietud siempre el camino!
¡Oh, si tras tanto mal grave y contino,
roto su velo mísero y doliente,
el alma, con un vuelo diligente,
volviese a la región de donde vino!
Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice común acá mi suerte;
¡oh, qué montón de cosas le diría!
¡Cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!




Soneto XXXII
Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo;
anda cual velocísimo correo
por dentro al alma el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura:
cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del Cielo, error de la ventura.

Publicado en Libro de notas, de Marcos Taracido.