martes, 17 de febrero de 2015

Vivir sin el cuchillo de su aliento






¿De qué torrente nace, en qué pozo se cubre de eco marinero, de qué montaña llega, dónde queda escondido el metal de su aliento, en qué túnica de humo se bautiza, qué desnudez la suya, en qué tierra de nadie proclama su inocencia?; si pura, ¿qué sangre anima el fuego de su sexo ignorado?;  si violada, ¿qué banda narradora la forzaron a beber su tinta? Si es un cuerpo de guerrero ¿qué bronce mal fraguado en la hoguera de Apolo le tizna con un virus de moho su torso amoratado? ¿Dónde está su belleza intocable? ¿En un mármol roído de lujuria, en la rúbrica del óxido firmando su sentencia o en una rosa agrietada en su esplendor de mayo por la ferocidad sin freno del olfato cobarde? Ignorando si llamarla con nombre de batalla o con signo de tregua, bautizada de almendra, con el velo nupcial apuntalado de hambrientas gaviotas, o dejar que su sombra enajenada se refleje en el asilo de la rama,  domado su galope enfebrecido, con lentitud de carroza plomada que aplaste las arrugas de la tarde. Cuando ansías su lengua de muchacha te ofrece la amargura de su boca de fruta no madura, su saliva vinagre, agrios sus labios con bozales de espuma; cuando esperas en noches de tormenta que llueva en la ventana del poema te ofrece la sequía abacial de la cuaderna vía, sudario de la rima condenada, consonantes de polvo y de ceniza; cuando piensas en ella, cuando esperas su aroma de tedéum triunfal te da un deprofundis de silencios. Encendida la lámpara del aceite bendito esperas su llegada, virgen prudente y necia, beata del incienso que perfuma sus pechos, que llegue cuando quiera, que juegue con tu pelo, que caliente tu boca, que te ayude, que desnude tus ojos, que te envuelva tus manos en tules congelados, que le dé al corazón una armadura de soldado vencido, en tu sien un disparo de pólvora cautiva. Siempre la incertidumbre de no saber si vuelve, si olvidó mi costumbre de acariciar sus muslos. Siempre teniendo miedo de ser tan sólo un  siervo que no le da placer a su látigo húmedo, perro que solo bebe de su lluvia oxidada de tiempo y de su musgo ronco. De ser tan sólo un hombre sin simiente para su corazón de madre, de ser una mujer para la ambigüedad de su mirada y ofrecerle un orgasmo en la falsa bandeja de mi voz de castrato para su colección de autógrafos sin nombre. Y siempre la amargura, la duda, el desaliento de que no me conozca, que me ignore, que no vuelva jamás y si me deja ¿cómo vivir sin el sonido de su voz, sentir sin el  cuchillo de su aliento, respirar sin el aroma de su muerte? 
La poesía.