domingo, 22 de febrero de 2015

Para saber de mí, de Antonio del Camino




                   ANTONIO DEL CAMINO, ENCUADERNADOR DE LA PALABRA.

En la sobria portada del libro aparece “un grabado” de un encuadernador trabajando en un libro que ya nos anticipa algunos de los modos que vamos a encontrar al leer  Para saber de mí, el último libro de Antonio del Camino, ganador de un accésit en el Adonais con otro libro espléndido: Del verbo y la penumbra. La portada nos dice de un oficio y de una maestría, de la palabra y el pensamiento, de la lucidez y del corazón. En efecto, en las páginas preliminares leemos que el libro está dedicado a su padre quien, al jubilarse, aprendió a encuadernar. A encuadernar sobre todo libros de poesía que el hijo escribía y que denomina “edición de amigo”. 

          De entrada es de justicia decir que Para saber de mí es un libro de poesía, poesía. Valga la redundancia. Un libro con una musicalidad y un ritmo ejemplares, en donde cada verso tiene su razón de latir, un libro en donde se entiende todo, un libro cálido, lleno de emoción, con una hondura luminosa, con poemas cotidianos, plenos de ruidos y de olores, de rostros y de amor, de muerte y de vida. Un libro de poesía que quema, que te llena el alma de temblores, que te pone el corazón a trabajar. Aquí lo metafísico, los conceptos abstractos tienen poco que hacer. Aquí lo que funciona es el camino que nos lleva desde el primer poema, “Tras un largo silencio”, hasta el último poema, “Anotación final” y entre uno y otro tres partes que hablan de la palabra, de la familia y del amor. 

          En “Tras largo silencio” el poeta justifica ese largo silencio y decide “traspasar el umbral de las palabras / y caminar, / para saber de mí”.  Y de inmediato, en el título de la primera parte, “Vivir en las palabras”, comenzamos a notar el traspaso y las pisadas del poeta en el camino de su discurso poético. Esta parte es una celebración del encuentro de nuevo con “…la sed cardinal de las palabras”. Y el poeta lo celebra dándonos en un soneto espléndido “Razones para el canto”. Y pared por medio el poema, que es una poética, “La poesía”.

La poesía:
                   esa bagatela
que no se cotiza en Bolsa ni se guía
por la Ley del Mercado.
                                          Se diría
que es peso muerto.
                                    Y sin embargo vuela.

          La segunda parte, “Al paso de los días” está compuesta de siete poemas titulados “De la vida” (tan clásico) intercalados entre otros poemas en los que predomina el entorno familiar, sobre todo la figura del padre del poeta. Posiblemente esta parte es la que más le llega al que esto firma y la que más le emociona. Poemas como “Otra infancia: mi infancia”, un poema homenaje a Machado y dedicado al poeta José Luis Morante, “Cuando en casa se hablaba en voz queda”. “Cementerio alemán” o “Encuadernando una edición de amigo siguiendo los consejos de mi padre” son antológicos, poemas que se quedan con uno para siempre. 

          “Invierno derribado”, la tercera parte, agrupa poemas de amor escritos a la sombra de su mujer. La coda (tan musical), “Anotación final”,  cierra el libro y enlaza con el primer poema y así el círculo de belleza, orden, poesía y método, queda envuelto en un mundo equilibrado y medido lleno de palabras y de vida. Un mundo que nos recuerda que: 

 Para saber de mí, busqué mi rostro,
                                  por detrás de mi rostro, en las palabras. 
       Si, como decía Aleixandre, (tan olvidado) poesía es conocimiento, este libro es el espejo perfecto en donde el poeta se refleja para saber de él y nosotros nos reflejamos en el espejo limpio de su poesía para saber de nosotros mismos.