jueves, 16 de octubre de 2014

Al otro lado, de José Luis García Martín





                                                  NEL MEZZO DEL CAMMIN ; NO AL OTRO LADO

Cuando se llega a los sesenta se comienza a caminar al otro lado de la vida y uno se encuentra con el pasaporte repleto de sellos con fechas de entradas y salidas a ciudades en donde fue feliz, la maleta llena de etiquetas de hoteles donde hubo noches inolvidables, la agenda con direcciones de amigos y de enemigos y la memoria con teléfonos y rostros de amantes de una sola noche. Al llegar a los sesenta uno comienza a conocer la descarga de la muerte en ocasiones muy cercana. El título se nos antoja un poco pesimista si tenemos en cuenta la vitalidad del escritor que, más que al otro lado, está todavía “nel mezzo del cammin”.

José Luis García Martín (1950) habla de todo esto y de mucho más en Al otro lado, el último diario publicado por Renacimiento en la serie “Biblioteca de la memoria” que abarca desde septiembre de 2010 a junio de 2011. Los seguidores de García Martín, fieles aunque minoritarios, sabemos que cada diario es un ejercicio de inteligencia, de virtuosismo y de honda ironía; un cajón de sastre donde se puede ver la huella dactilar del escritor impresa, a veces borrosa, a veces nítida, siempre verdadera, en la tarjeta policiaca de la vida.  Una novela que es una colmena donde aparecen retratados amigos, enemigos, premios, libros, amores, chismes, haikus, pensamientos, política y una aparente y falsa monotonía todo ello barnizado con humor, entusiasmo y una honda añoranza.  Hay que destacar las luminosas, apasionadas descripciones de ciudades que, a nuestro parecer, es el plato fuerte del libro.  “Mi emoción preferida: el deslumbramiento de llegar a una ciudad en la que no has estado nunca y con la que has soñado muchas veces. Es como acostarse por primera vez con quien ha sido tu amor secreto durante años”. Prosa breve y seductora, con esa aparente leve intensidad que caracteriza el estilo del escritor. El largo símil final cierra el párrafo con el mejor broche: el del amor secreto. 

 Se aprecia en el libro, otra de las cualidades que hace que el volumen sea mucho más que un diario, varios niveles y planos argumentales. Historias que se continúan, ideas que se repiten, laberintos sin salidas, secretos que, como ecuaciones, ofrece el escritor a sus más atentos lectores. Otros escritores no exigen ningún o poco esfuerzo a sus lectores (y de ahí que necesiten páginas y páginas para describir una magdalena, sea proustiana o no). JLGM comienza la “narración” en media res, la magdalena ya desnuda, exigiendo que el lector haga un esfuerzo en completar lo narrado. El escritor ahorra al lector descripciones más o menos obvias o ramplonas que, por supuesto, no aportarían ni carnaza ni interés al texto. García Martín sabe que la mayoría de sus lectores, a los que conoce muy bien, esperan la carnaza, sin descartar, en ocasiones, el lirismo, la página bellamente escrita, el latigazo del sentimiento que, a los sesenta, es más dolor y más sentido. 




           Hablando de sentimientos. Uno de los trademarks de JLGM es la rigurosa y pertinaz defensa de su intimidad, como si tuviera algo que esconder. El escritor se presenta con una coraza, una armadura que nos impide adentrarnos en su mundo familiar, intimo o amoroso. JLGM en el terreno de la ternura y del cariño es un total desconocido, un enigma. En este diario, posiblemente porque uno se identifica con el tema, ha sentido el lado “humano” del escritor, al hombre sentimental, cercano y próximo, no al poeta mudable, ni al profesor ilustrado, ni al crítico temido, ni al diarista perspicaz. A comienzos de 2011, ya casi primavera, el sábado 19 de marzo, la muerte llamó a su puerta y en vez de llenar páginas, como otros hicimos, el hijo, sin lágrimas,  nos deja una de las entradas más memorables no solo de este diario sino de toda la literatura diarista. “Nada diré de ti. No es necesario. Te transparentas, como bien visible filigrana, en todo lo que hago, estás en lo mejor que soy, en lo mejor que somos tus cinco hijos. Sé que no te gustaría verme llorar. Por eso lo no hago. En este día azul y luminoso  en el que por primera vez no iré a Avilés a verte, como todos los sábados desde hace casi treinta años, te escucho repetirme las palabras de Christina Rossetti: “Más quiero que me olvides y sonrías / que no que me recuerdes y estés triste”. No estoy triste. Estás conmigo”. 

          Al final, como siempre, el diarista tiene la última palabra en forma de entrevista que Luna Borge le hace y con la que se cierra el diario. Cuando el entrevistador, inteligentemente y de una manera civilizada,  acosa al entrevistado y le recuerda lo mucho que escribe, JLGM le contesta: “…Los escritores viejos –salvo en contadas excepciones—se vuelven invisibles. Pero mentiría si te dijera que no me gusta que me tengan en cuenta”. Por fortuna el escritor está todavía a este lado, dispuesto a jugar con el lector, a “hacer pasar la verdad como ficción y la ficción como verdad”. Con García Martín hay que estar siempre con los cinco sentidos alerta. Toda su numerosa obra, y esta no es una excepción, está llena de pistas y de claves  para que averigüemos quien es en realidad ese personaje, a veces hosco y huraño, a veces distante y frío, siempre dispuesto a ayudar, siempre dispuesto a llevar la razón,  llamado José Luis García Martín al que siempre hay que tener en cuenta.

La casa con una sombra dentro.


39
Don Francisco, el sacerdote que decía la misa de las once en la iglesia de Santo Tomé llevaba, en pleno agosto, sotana, dulleta, bufanda y sombrero. En invierno además añadía guantes y una capa que se enarbolaba alrededor de su cuerpo con la sola excepción de los ojos. Era delgado, nervioso, antipático y presumido. Durante la misa todas las puertas de la iglesia tenían que estar cerradas. Me pregunto cómo no se constipaba al abrir la puertecita del sagrario… En aquellos tiempos se decía la misa de espaldas a los fieles, pero don Francisco sabía, no importaba que fuera el momento de la consagración, de la comunión o del lavatorio de manos, cuando una puerta se abría.  Tenía un olfato para las puertas abiertas. Si la puerta se abría en el momento en que tenía el cáliz o la hostia  ofreciéndoselo a los fieles, dejaba lo que estaba haciendo y a voz en cuello gritaba: “¡Esa puerta! Hay corriente.” Una vez cerrada la puerta continuaba con su rutina.  Era un sacerdote como del siglo XIX, con un latín de carrerilla, una misa mecánica, como por obligación. Pero tenía una buena cosa que algunos apreciábamos: era el más rápido de todos los otros curas que decían las misas de la mañana. En veinte minutos, si no se abrían muchas puertas, el cura maniático estaba diciendo “Item misa est” y nosotros saliendo corriendo a jugar al Paseo del Transito.

domingo, 12 de octubre de 2014

Antologia de poetas toledanos menores VIII



       




     Toda su vida vivió como una poetisa, que era lo que ponía de profesión en las tarjetas de visita: sin dar ni golpe. Su gran espina fue el rechazo de la Academia toledana para admitirla en su seno por no tener “estudios”. Ganó tres accésits en premios locales que la hicieron muy feliz: La flor de Consuegra, el Tomillo de Ajofrín y la Ortiga de Talavera. Herminia Barahona de Duarte, hija del capitán de Infantería de la Academia militar de Toledo, Don Jesús Barahona e Iglesias, nació en 1900, aunque ella afirmaba que fue en 1925, y murió en 1980 en el Hospitalito del Rey olvidada por todos; fue enterrada en la fosa común. Soltera, fumadora empedernida, pelo corto, rodeada de quince gatos y  amiga de Pilar Primo de Rivera escribió un soneto a José Antonio que Pilar mandó enmarcar. Publicó cuatro libros en la Editorial Católica Toledana todos ellos ilustrados por Enrique Vera, el gran pintor toledano. Curiosamente el único catálogo en que aparece su primer libro, “Que tú bordaste rojo ayer”, es el de la Biblioteca de Columbia. En Toledo no hay rastro de su vida.  Isabel Alamares, a la que debo el descubrimiento de nuestra poeta y de otros aparecidos en esta antología, ha escrito un ensayo para la revista Cuadernos de humo destacando la “mirada animal” de Herminia. He elegido este soneto, perteneciente a su último libro “El perro  del Greco y otros poemas”, que Don Gregorio Marañón tenía escrito en un azulejo con forja de Julio Pascual en el porche del cigarral Los dolores.  




Un perro es una sombra que acompaña,
es un ruido continuo, es un ladrido
que te avisa, dos ojos y un latido,
un sonido que gime y que te araña.

Un perro es una isla, una montaña
que camina, un patético gemido,
ojos que te taladran sin sentido,
un silencio que crece y que te daña.

Gime, llora, se ríe y alborota
cuando solo lo dejas y regresas
y rompe con sus saltos tu mesura.

Es un ovillo loco, la pelota
que abrazas, desenredas  y  deshuesas,
una madeja llena de hermosura.