miércoles, 8 de octubre de 2014

La casa con una sombra dentro






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Es una mañana luminosa de octubre fría y metálica. Estoy estudiando preuniversitario y voy a dar clases particulares de griego, temprano por la mañana, con el Padre Rodríguez, un jesuita al que le olía el aliento a vino, sangre de Cristo de la misa recién celebrada.  Al salir de la clase me acerco a la Librería Gómez Menor, en la calle Ancha, cerca de Zocodover, y veo que en el escaparate tienen la revista Poesía española. Es el número 142.  Miro el dibujo: cinco árboles desnudos, bajo la vista  y comienzo a leer, apretando mi nariz contra el cristal, los nombres de los escritores  que colaboran... Carlos Murciano, Jaime Ferrán, Félix Grande, Leopoldo de Luis, Francisco del Pino, Francisco Umbral... Leo mi nombre y dos apellidos que no reconozco. Vuelvo a leer la lista. Con el corazón a punto de salirse del pecho entro y compro los dos únicos ejemplares que recibían. Espero a llegar a casa. Me voy a mi habitación y voy abriendo las páginas poco a poco. Al llegar a la veinticinco ahí está el poema que se titulaba “Biografía triste”: “Dentro de un vaso de agua / siempre hay un corazón rojo, / en las antenas de televisión / se ven los fantasmas del olvido”.
Unos días después me presenté, con la revista debajo del brazo, en el café Español, donde el poeta Juan Antonio Villacañas tenía una tertulia. Villacañas era “el poeta” por excelencia, ganador de concursos de poesía, poeta destacado en antologías, poeta social y religioso, lírico y festivo, un poeta de verdad, hondo, un poeta de los de antes, un clásico, un poeta que lo mismo escribía un soneto a un profesor chiflado (el querido don Guillermo Téllez) como a unas monjitas que celebraban sus bodas de oro con Dios. Y entre tanto iba escribiendo una obra seria y firme. Villacañas llevaba gafas oscuras, fumaba, tenía un bigote generoso, voz de poeta, una mujer y dos hijas. Resultó que conocía a mi familia, lo que ayudó a facilitarme la entrevista.  Me diría más tarde que se quedó algo sorprendido de que un crío como yo publicara en una revista como Poesía española. En broma me dijo que ya no sería el único poeta de Toledo.
Pasan los años y olvido la revista que a mí me pareció un triunfo.  Una mañana luminosa y mineral de mayo, mirando en los estantes de la Feria del Libro de ocasión en Madrid, me encuentro con la revista de nuevo. El ejemplar está ajado, las esquinas dobladas, un temblor amarillo entre sus páginas, un olor a oscura humedad. Los árboles me parecen más desnudos y ya no tengo prisa por llegar a la clase de griego, ni a mi casa ni al café porque nadie me espera.


domingo, 5 de octubre de 2014

Antología de poetas toledanos menores. VII









Dicen que cuando fue a despedirse del Obispo Auxiliar (de quien había sido compañero en el seminario y en Roma) horas después de hacerlo del cardenal Pla i Deniel, el prelado le preguntó sin rencor, pero con un tono melancólico: “Et, tu, Brute?” Al amanecer de la  mañana siguiente, el Magistral de la Santa Iglesia Catedral Primada, abandonaba Toledo. En Madrid, en un hotel cerca de Atocha, donde se hospedó, se quitó la sotana y salió de la casa vestido de paisano. Había escrito un libro de sonetos a la Virgen del Sagrario, otro titulado Cruces para la Cruzada y una tesis doctoral sobre el cardinal Gomá y su papel en la guerra del 36. Don Humberto Bordón (1917-1997) murió en Barcelona. Trabajó en la Editorial Herder en donde publicó bajo seudónimo otro libro de sonetos que dedicó a J.N.  Isabel Alamares, que me facilita estos datos, en un artículo publicado en la revista Hanáfora, dice sobre “Escritura”: “Soneto de corte clásico con imaginería visceral y elementos lingüísticos de matiz místico que bifurcan en connotaciones eróticas en donde  dedo, corazón, costado y ojos concuerdan en planos oblicuos de culpabilidad con clave, llave, encerado y tiza”.            



                               ESCRITURA

                     Con mi dedo te escribo en tu costado
                     que te quiero y adivinas la clave
                     de su texto. Tu corazón lo sabe
                     y traduce su enigma enamorado.

                     Con mis ojos te escribo en tu encerado
                     que te quiero y me tiendes la llave,
                     mensaje de tu tiza en el que cabe
                     mi cuchillo de viento arrodillado.

                     Mi pulso tembloroso se serena
                     al descifrar tu amor en nuestras vidas,
                     incógnita cifrada en tu hermosura.

                     Navaja que me marca y me condena,
                     signo que me conforta en mis heridas,
                     hoja blanca que salva mi escritura.