miércoles, 17 de septiembre de 2014

La casa con una sombra dentro (35)





35
En aquel verano que pasamos en Retamoso de la Jara yo aprendí muchas cosas: desde el picor de la paja en la era hasta el olor de un membrillo, el eco oscuro de un pozo, la figura del pregonero y el descubrimiento de la gota de leche que soltaba un higo cuando a primera hora de la mañana íbamos al huerto por ellos. Aquel verano que pasamos en casa de los tíos de mi madre, María Jesús y Juan, aprendí a sentir la carga del sol en las tardes agobiantes de julio y a comprobar cómo este mismo sol mataba a los pájaros que caían al suelo como bolas de lana apelmazada. Recuerdo la furia de mi tía María Jesús, arrojándonos las ciruelas desde lo alto de las escaleras que llevaban a la troje, indignada por nuestro incesante subir y bajar a comerlas. No se me olvida que de regreso a casa mi tío Juan se “desvió” a la huerta de su hermano, con quien no se hablaba, para coger tomates y me advirtió que cuando llegáramos a casa no dijera nada. Ni se me olvida su mirada cuando lo conté todo no más llegar. Aquel verano aprendí a darme cuenta de que el pueblo no tenía “guardias”, no tenía cárcel (o eso me parecía a mí), la gente usaba caballos, apenas había coches, todavía lavaban en el río, no había luces, no había “progreso”, un cerdo, llamado “el guarro Antón”, iba de puerta en puerta y era alimentado por los vecinos del pueblo que luego se repartían al animal en la matanza. Aquel verano aprendí a sentirme resguardado, solidario al ver como, primero mi familia, después los vecinos y  finalmente  casi todo el pueblo, se enteró y se preocupó porque mi hermano el mayor había desaparecido. Mi tío Juan dio la orden de que un grupo revisara los pozos, otros que fueran a las eras,  otros que rastrearan el  arroyo y la huerta del tío Cesáreo. Cuando mi hermano apareció mi madre se abrazó a él y no lo soltaba. Al preguntarle dónde había estado dijo que en Santa Ana de Pusa, el pueblo de al lado, donde había ido montado a caballo con uno de los muchos primos a moler unos sacos de trigo. Aquel verano no entendí por qué tía María Jesús puso mala cara cuando mi madre dijo que íbamos a ir a merendar con otra de mis tías, que era el ama del cura. Recuerdo que nos dio queso que estaba duro como una piedra y que yo más tarde asociaría siempre con Lázaro de Tormes. Aquel verano supe cómo al atardecer mi mirada se espesaba, cómo mi corazón se esponjaba al ver a la gente pasear por la carretera cada anochecer, cómo sentía dentro de mí un peso o una nube que me recorría por todo el cuerpo cuando la primera luz arañaba mis ojos. Aquel verano descubrí una extraña alegría cuando por primera vez mis primos me llevaron al río, montado a caballo, a bañarme. Al volver a Toledo tuve por algún tiempo la piel requemada y un sabor en mi corazón a agua salobre.