miércoles, 13 de agosto de 2014

La casa con una sombra dentro.


30

La vida fue injusta con ella. Le disminuyó el cerebro y le agrandó el corazón, envenenándole los riñones y haciéndole polvo los huesos. Vivía encarcelada, atada su lengua que, a veces, tropezaba, sus manos arropadas con guantes de plomo y sus pies con pesadas raíces, su cerebro atravesado por una nube oscura: noche honda del conocimiento. Le asaetaron el cuerpo, abrieron su garganta y hasta su sangre se espesó.  Se podían contar todas sus cicatrices.
No tuvo prisa, no sintió ni el fuego ni las penas del amor, las servidumbres de un oficio o las responsabilidades de formar una familia. La venda que la vida le puso en la mirada le impidió ver otras luces más hondas y otras sombras más claras. Fue una flor con un perfume ácido, un pájaro con una sola ala.
Cuando estaba encerrada entre las cuatro paredes del tanatorio, rodeada de flores, una luz opaca en su rostro, vigilada por la mirada cansada de un cristo de fábrica, al contemplarla pensaban que miraban a un cadáver, no sabían que ya era libre, que volaba lejos de nosotros, que había recobrado lo que la vida le quitó.