viernes, 1 de agosto de 2014

La casa con una sombra dentro




28   
En mi casa, como éramos muchos hermanos, los Reyes nos traían pocos juguetes, la mayoría eran cosas prácticas: zapatos, abrigos, bufandas, libros… Cuando nos preguntaban en el colegio nos daba vergüenza decir lo que nos habían echado porque los compañeros decían que esas cosas no eran juguetes. Lo que a mis hermanos les extrañaba era que los Reyes supieran la talla de los zapatos. A mí lo que me daba qué pensar era que la carta que ellos dejaban con los regalos tenía la misma letra que la máquina de escribir de casa: una vieja, alta, mastodóntica Underwood que hacía mucho ruido y en la que aprendió a escribir la mayoría de la familia. Pero en alguna ocasión nos echaban juguetes de verdad y entonces los apreciábamos más. El juguete más caro que yo tuve y que recuerdo con cariño fue una máquina de cine. El que más usé y más gustaba a mis amigos fue una linterna azul en forma de pistola que llevaba en las cachas una pila de aquellas planas que pesaba lo suyo y que cuando se apretaba el gatillo se encendía la luz. Una vez, ya éramos mayores, nos trajeron para todos un enorme “scalextric” que ocupaba media habitación cuando lo desplegábamos. La máquina de cine fue un hito en mi vida. Recuerdo cómo le rogué a mi padre. Estaba mi madre delante y ella me apoyaba en mis súplicas. Y el juguete llegó. Era una lámpara, un lente y una película que pasaba de un carrete al otro al mover una manivela proyectándose las imágenes en la pared. Cuando la máquina llevaba un rato encendida se calentaba y desprendía un olor a papel quemado, a horno recalentado. El día seis lo pasamos viendo las dos únicas películas que teníamos y se fundieron la lámpara que traía la máquina y la de repuesto, y casi se quema una de las películas. El que sí se hizo una quemadura en los dedos pulgar e índice fue mi hermano mayor al querer enfocar la lente para mejorar la visión de las imágenes. Era una pena tener que volver al colegio al día siguiente de Reyes y no poder disfrutar de los juguetes cada día. La máquina pasó un tiempo guardada, pero cuando llegaron las vacaciones de verano hicimos funciones en el patio de mi casa a las que asistían los niños del barrio, algunos de los cuales nos envidiaban por tener tal artilugio. Aparte de las películas, que duraban poco, hicimos un guiñol que tuvo mucho éxito. Las funciones de los “hijos de don Hilario”, como decían, se hicieron famosas en el vecindario. Después del tute que le dimos en el verano la máquina empezó a fallar. Algunas veces se quedaba atascada en medio de los “pases” para jolgorio de los clientes que reclamaban su dinero y teníamos que esperar a que se enfriara. Una vez se quemó la película y olía a chamusquina por todo el patio y el olor y el humo subieron hasta las habitaciones de arriba con el consiguiente susto de mi familia. Los últimos días del verano fueron los últimos días de la máquina y los de mi infancia. Fue el último juguete que me “trajeron” los Reyes y con él se fue mi inocencia y empezaron a aparecer otros personajes que encendían mi corazón y me hacían sentir escalofríos, fundiéndose, a menudo, en la cámara oscura de mi mirada, la realidad y el deseo.