jueves, 19 de junio de 2014

La casa con una sombra dentro.




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El padre de la señora Elvira había sido nombrado Caballero Cubierto por el rey Alfonso XIII. Una sobrina de la señora Elvira estuvo encerrada en un convento de las Adoratrices en Madrid porque en aquel tiempo era consideraba un poco ligera de cascos. Para que la ingresaran intervino el mismísimo gobernador civil, Andrés Marín. La señora Elvira, aparte de ayudar a mi madre en las tareas de la casa, le rascaba las piernas porque nosotros estábamos ya escamados y cansados de hacérselo, a pesar de que nos prometía una peseta “si seguís un poco más”. El marido de la señora Elvira recién terminada la guerra se fue a hablar con Franco, dicen que había perdido el juicio durante la contienda y no volvió más y nunca lo encontraron. La señora Elvira no se pudo casar de nuevo y era una viuda sin muerto. Al final de su vida se quedó ciega y mi padre habló con el director del Hospitalito del Rey, un asilo que había cerca de la catedral, para que la admitieran. Es el mismo asilo que sale en “Del rosa al amarillo”, la película de Summers. A veces íbamos a verla y estaba limpia, había engordado, era feliz y, sobre todo, iba a misa a diario, algo que a mi madre le alegraba porque la señora Elvira no era nada amiga de curas ni de iglesias. Y no lo era porque vivía “en pecado” con un hombre que era su huésped pero que era en realidad su pareja. La señora Elvira es la protagonista de un poema titulado, “Elvira” que cierra In tempore belli y que para muchos es el mejor poema del libro.