jueves, 24 de abril de 2014

La casa con una sombra dentro



 
15





Crónica de un vCrónica de un viaje anunciado en tiempos de Bushiaje anunciado en tiempos de Bush


No digo que mi cuñado sea muy raro, pero algo sí que es. Fíjate que no fuma y a los que tienen el vicio les manda a la terraza o a la calle a hacerlo. Tenías que ver como desayuna, como si no hubiera comido en una semana; que si huevos revueltos con lo que llaman “beicon”, que si tostadas con mantequilla y mermelada, que si patatas fritas... Y encima eso que él dice que es café, que mi suegra cuando estuvo aquí volvió diciendo que era agua de lavarse los pies y yo pensaba que exageraba, pero qué razón tenía. Luego para el almuerzo se come un bocadillo delgaducho y poca cosa. Y cena, lo creas o no, a las seis de la tarde. ¡Y con café con leche! Y qué quieres que te diga del idioma. Pues que no nos entienden y eso a mí me da mucha rabia porque como el castellano no hay nada en el mundo, que hasta el rey, aunque mal, lo habla. Y luego cuando has oído una palabra en inglés y la dices no te entienden. Fíjate que se dice “zenkiu” y se escribe Thank you o “guelcom”, y se escribe Welcome.  Ya te digo que es de locos. Y lo de la bandera no tiene nombre, créeme. Yo que soy de Asturias, ya sabes: "Asturias es España y lo demás es tierra conquistada" y aunque me gusta la bandera española, nunca la pondría en mi casa o en la oficina o la llevaría de sujetador o de bragas, pero aquí, hay banderas hasta es la sopa. Las he visto ondeando en museos, iglesias, clubes, casas particulares, prostíbulos, en barcos, metros, autobuses, patinetes, caballos, tatuadas en brazos, pechos, espaldas, piernas y otros sitios que no te digo. Mi marido dice que siente envidia y que cuando llegue a Madrid va a poner una bandera española para que vean lo que vale un mástil y que si le tachan de franquista como si le tachan de monárquico. Y encima leo que nuestro alcalde va a quitar la de Colón. Lo que faltaba.  En casa de mi cuñado, que la tiene llena de libros, cuadros, cajas de madera, óperas y botijos rústicos, hay una televisión pero siempre está apagada, como una muerta, que yo creo que la tiene de adorno y que por dentro está vacía. Y ya te digo que no es que sea raro, pero algo sí que es. Imagínate que llama a los negros “gente de color” o “americanos africanos” y jamás dice expresiones como “estás en la lista negra” o “es una merienda de negros” porque las considera políticamente incorrectas y ofensivas. Por eso te digo que le veo un poco anómalo, porque digo yo: ¿qué malo hay en llamar al pan, pan y al vino, vino? Y hablando de pan, yo prefiero tomarme un bocadillo de jamón en El mesón del jamón con un buen tinto que no estos “sangüiches” que son finústicos y engañabobos. Aunque ahora tengo que decirte que han descubierto el concepto de cafés europeos, donde puedes estar todo el tiempo que quieras sin que te atosiguen, que se llaman Starbucks y es una peste porque los hay por todas las esquinas. Y, eso sí, hacen café como en Madrid que parece que estás en la misma Gran Vía. Y todo es a lo grande: edificios que se te queda el cuello retorcido de tanto mirar hacia arriba, calles enormes, el metro interminable y muchas personas grandes y gordas, como ballenas o elefantes. Y qué quieres que te diga del frío que hace dentro de las tiendas, cafés, metros o incluso en los museos. Un frío que se te mete en la espina dorsal y te deja tiesa. Luego sales al calor y estornudas y agarras un constipado de tres pares de narices. Pero es lo que llaman civilización o lo que sea. Total: que sí, que lo pasamos bien, y aprendimos mucho, que viajando ya se sabe. Además mi hija se lo pasa muy bien, que tenías que haberla visto en las Cataratas del Niágara como abría los ojos de asombro o en la Casa Blanca que al ver a un albañil que estaba arreglando el tejado de la democrática (aunque republicana) mansión (ya verás las fotos) preguntó si era el Sr. Bush. El otro día, se me olvidaba decírtelo, fuimos a Chinatown que no se dice Chinatown sino “Chainataun” (que mi cuñado se apresuraba a corregirme cada vez que lo decía en cristiano). Pues eso “Chainataun” es como El rastro pero todos los vendedores en chino. Es como la salida de un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona pero con la diferencia de que aquí venden relojes, fulares, camisetas, tenis, botella de agua fría, colonias, kimonos y cuencos made in Chaina y si te descuidas (en esto se parece al partido de fútbol) te roban hasta las bragas, así que mi cuñado (que según dijo no usa calzoncillos) nos aconsejó varias veces que lleváramos el dinero en sitio seguro. Ya te imaginas donde me lo puse. (Me pregunto donde llevara él el dinero). He comprado una docena de Rolex, Hubblot, Patthe Philipe o como se llamen y veinte camisetas o “tisers” como las llaman aquí, todo más falso que Zapatero. Ni que decir tiene que estaba lleno de catalanes, franceses de medio pelo y gordas de Ohio que compraban los últimos modelos de bolsos de Gucci o Louis Vuiton. A quien no vi fue a la mujer de Pujol. Ayer fuimos a Coney Island. Antes de ir mi cuñado, ya te digo que es muy resabido y a veces abruma con tanta información, nos dijo que “vamos a ver un mundo de decadencia, donde el recuerdo de una época gloriosa todavía puede apreciarse entre las ruinas de los bárbaros que han conquistado el esplendor”. Si te digo la verdad yo no vi nada de eso, a mí me encantaron unos perritos calientes que estaban sabrosos y que nos comimos en un sitio muy famoso que se llama Nathans, con unas patatas fritas con cáscara y todo. Y claro un cubo de Coca-cola. Pero a bárbaros, lo que se dice bárbaros, no vimos ninguno. Y decadencia tampoco, solamente una banda de gaviotas que si te descuidas te sacan los ojos. También hemos estado en el Met, que es como llaman al Metropolitan Museum, aquí todo son abreviaturas o siglas y, te digo sin pasión, que lo que más me ha gustado ha sido la Vista de Toledo del Greco y lo que yo creo que es la joya del museo: El Juan de Pareja de Velázquez ¡hija qué maravilla de cuadro! Y, eso sí, mucho siglo XIX y XX que sí está bien, pero vamos que no es nuestro siglo de oro. Y luego lo del apagón que mi cuñado dice que hemos asistido a un momento histórico “donde hemos podido apreciar la impotencia y la vulnerabilidad de un imperio” y otras cosas por el estilo. A nosotros nos pilló en el zoológico del Bronx que está a mil leguas de la casa de mi cuñado y las pasamos canutas. Al salir del zoo vimos que se había armado la gorda, pero no sabíamos que tipo de gorda. O lo que es lo mismo qué tragedia habría pasado esta vez. La gente parecía asustada y andaba más deprisa de lo normal, que aquí parece que están siempre llegando tarde a donde van, los policías estaban serios y gesticulaban las manos como las aspas del molino de Don Quijote, los autobuses iban de bote en bote, el metro dejó de funcionar y nosotros sin un poco de inglés que llevarnos a la boca, en el quinto pino y encima con la niña. Llegamos a casa de mí cuñado después de casi seis horas de autobuses, preguntas, taxis, un poco de temor, mucho cansancio y caminatas. Sí, no te digo que no fuera una experiencia inolvidable pero qué quieres que te diga, yo cuando caminaba a oscuras por Manhattan me acordaba de mi Madrid iluminado y sentía cosita de estar metida en estos oscuros berenjenales. Luego, eso sí, la gente se portó muy bien y no robó ni se amotinó ni mató ni violó ni nada de eso y hubo grupos que se reunieron en Times Square para pasar la noche en plan fin de año. Mi cuñado está alucinado de que ninguno de sus amigos no le hayan mandado un correo electrónico  o se hayan interesado por el apagón y deduce que no se han percatado de la gravedad del asunto. El se pasó todo el día haciendo fotos y escribiendo, que es en lo que gasta el tiempo. “Esto es historia”, repetía como un poseído, y arrimaba el cuaderno a la luz de la vela. Ahora ya hay luz y nos vamos a coger el helicóptero que te enseña Nueva York desde las alturas. A mí cuñado le parece una temeridad y lo considera "suburbano y vulgar", lo que le pasa es que es un miedoso que por no montar no monta ni en bicicleta y así le va al pobre que tiene unas patitas de cucaracha que no veas. Sí, es verdad que el viaje dura cinco minutos y vale un riñón, pero, hija, un día es un día y luego ya sabes lo bien que queda contar que hemos volado en un helicóptero con sólo seis personas. Tengo que acabar que mi cuñado quiere usar el ordenador, o como él dice, la computadora, que se pasa todo el día enganchado en este trasto. Espero que te llegue este correo electrónico que te mando a la oficina porque no me traje las señas del de tu casa. Ya te contaré más cosas en el “break” (que así es como llaman aquí al café de las 10:30). Mañana iremos a un “crucero” que nos llevará hasta la estatua de la Libertad. Ni que decir tiene que mi cuñado el Espasa nos ha leído la cartilla. Al final nos ha recitado los versos que están en el pedestal de la estatua que son de una poeta que se llamaba algo así como Emma Lazarus y que son “una metáfora político social y también lírica de una nación y de una sociedad que comenzaba a imponer sus criterios”. Yo, hasta ahora, lo que sabía de la estatua de la Libertad es que era otra mujer y creo que francesa. Pero con mi cuñado una nunca sabe. Se atreve a ser un travestido. No mi cuñado, sino la estatua, quiero decir. Visitamos Macys, la tienda más grande del mundo y una que se llama Bloomingdale’s que según el listorro de mi cuñado es la tienda a la que van el rey y la reina cuando visitan Nueva York. Yo, que quieres que te diga, la vi un poco de capa caída.  Ahora entiendo cómo a veces la reina viste como si comprara la ropa en el Rastro. En Macy´s nos compramos la niña y yo alguna ropita. Para mí: una falda, tres blusas, dos trajes de chaquetas y un bolso, para la niña dos pantalones de Hillfiger, una blusa de Ralp Lauren, un par de tenis de Saucony y tres jerséis de lana inglesa. Felipe se compró una corbata que estaba de rebajas. Hemos hecho cerca de mil fotos, así que ya os invitaremos a una velada fotográfica.  A pesar de todo me he enamorado de Nueva York que es una ciudad que engancha, que te electrifica, que aún en la total oscuridad brilla. Una ciudad milagrosa a la que se vuelve siempre porque nunca se deja del todo.