miércoles, 5 de febrero de 2014

La casa con una sombra dentro


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El primero de año lo asocio con dos momentos: Uno cuando era niño, un día luminoso, en los postres de una comida interminable, ver a una monjita sonriente, del convento cercano, con un niño Jesús desnudo reposando en un cojín rojo. La veo entrando en el comedor lleno de ruido, humo, alegría, toda mi familia reunida ofreciéndonos la imagen. Después de cada beso la monjita pasaba, delicadamente, un pañuelo inmaculado, con puntillas, primorosamente doblado y con olor a “colonia de monja”, por el piececito del recién nacido. Veo a mi padre invitándola a tomar algo y ella disculpándose como sólo una monja de las de antes sabía hacerlo y con qué elegancia y humildad se guardaba, entre los pliegues del hábito, el billete que mi padre le daba. El otro momento son muchos momentos: el Concierto de Año Nuevo desde Viena. Ya en Toledo me levantaba el primero, el comedor desordenado con bandejas, dulces, mazapán, botellas de licores y copas en la mesa de la fiesta de la noche anterior, a ver el concierto. La monjita ya no está, el pañuelo habrá perdido el perfume, el Niño seguirá desnudo sin tiritar y el concierto me suena repetido y, en ocasiones, desafinado, cuando el destemplado soy yo.