sábado, 25 de enero de 2014

La casa con una sombra dentro

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Acariciaron un cuerpo que ya es polvo, cambiaron los pañales de ocho cuerpos que son vida, cubrieron los ojos de la muerte, alimentaron al amor, escribieron cartas al hijo lejano, rezaron a un Dios que ahora no ayuda, rozaron a la noche, peinaron el temblor de una mirada, inventaron sombras en la sábana luminosa, araron los recuerdos, ayudaron a pasar el río revuelto, a salir del pozo oscuro, a partir el pan, echar el vino, repartir la fruta. Conocieron una guerra, ofrecieron cobijo, pasaron escasez, fueron almohada, concha, cuna y caracola. Contaron días, semanas, meses, años, sumaron rosas, restaron ortigas, trazaron caminos, indicaron a la luz donde evitar a la sombra y dividieron las semillas. Ahora son pirámides que duermen, jaulas para el estremecimiento, trampas del movimiento, garfios para la seda, relicarios de venas dormidas, ataúdes que esperan a la muerte, diez dedos para anillos de escarcha, dos paréntesis para acotar la nada. Contuvieron arroyos, pastorearon el dolor, secaron el llanto, limitaron unos labios, dibujaron el mapa del verano, firmaron la cuchara con temblor, el cuchillo con miedo, el tenedor con ojos perdidos. Ramas en primavera llenas de pájaros. Raíces escarbando la tierra enamorada. Zarzas donde la soledad se enreda. Remos de mármol para llegar a la laguna. Dos trozos de pan resecos para el hambre de la muerte. Las manos de mi madre.
 
 
 

lunes, 20 de enero de 2014

Una casa con una sombra dentro


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Una imagen recurrente en el museo de mi historia son las manos de mi madre mientras acunaba a uno de mis hermanos menores y le cantaba en tono suave y monótono “Mi vaquerillo”, un poema de Gabriel y Galán. “Tú te quedas luego / guardando las vacas, / y a la noche te vas y las dejas... / ¡San Antonio bendito las guarda!... / Y a tu madre a la noche le dices / que vaya a mi casa, / porque ya eres grande / y te quiero aumentar la soldada...” Yo recreando en mi mente la escena y en mi corazón los latidos, el frío, la pobreza del vaquerillo.  Sentía en mis manos el viento helado de la sierra y el niño a la intemperie, la gran bóveda celeste oscura, llena de estrellas lejanas y misteriosas. Miraba hacia arriba y lo que veía era el techo de la alcoba de mi madre y una lámpara que era como una luna llena, oronda y un poco amarilla. Era la primera vez que sin saber el significado y el poder que más tarde tendría, me abrazaba con el poder de la poesía.