viernes, 17 de enero de 2014

Una casa con una sombra

Empiezo hoy a publicar algunos textos de una narración-memoria-testimonio de una casa en Santo Tomé.


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La casa que ocupaba una manzana y estaba limitada por el callejón de Bodegones y la calle de la Campana tenía veinticinco habitaciones repartidas en tres pisos, un zaguán, un patio y una azotea cubierta. Era un laberinto de pasillos oscuros, de escalones irregulares, recovecos, caramanchones, habitaciones en pico, estrechas, espaciosas, de techos altos. En días soleados, el telón altísimo de ladrillo y arcos de la torre mudéjar de la Iglesia de Santo Tomé pintaba una sombra en la fachada. Una sombra que en invierno entraba dentro de la casa como una espesa nube. Era una casa un poco caótica como la familia que vivía en ella. Construida en el siglo XVI se le fueron añadiendo tabiques, abriendo ventanas, cegando balcones, apuntalando miradores,  rompiendo techos, creando claraboyas, cambiándole la piel, lavándole el rostro, metiendo por su cuerpo cables y tubos, reformando habitaciones a través de los siglos. Una casa con el peso de guerras, confidencias, muertes, conspiraciones, escondiendo en sus gruesos muros manuscritos y documentos, rezos, gritos ahogados y murmullos, llantos y sonrisas. Un azulejo maltratado por el tiempo incrustado en la fachada principal indicaba: “Soy de la Capellanía del Arzobispado”. Una casa donde hubiera podido vivir algunos de los personajes de El entierro del Conde de Orgaz, cuadro que  durante la guerra el carpintero Cardeñas y otros republicanos comprometidos descolgaron y cubrieron de colchones para que la aviación franquista preocupada por la liberación de El alcázar no destrozara.

 

 

miércoles, 15 de enero de 2014

Un poema de Kooser


                SOBREVIVIENDO

Hay días en que el temor a la muerte
es tan ubicuo como la luz. Lo ilumina
todo. Sin él, no habría notado esta mariquita
brillante como una gota de sangre
en el blanco alféizar de la ventana.
Su cabeza no más grande que un punto,
sus ojos como puntas de agujas de tejer,
se ha parado un momento a descansar,
las rodillas bloqueadas, las cubiertas de las alas ocultando
su delicado encaje.
A medida que el temor a la muerte, tan atento
a todo ser viviente, se acerca ella,
las diminutas antenas dejan de moverse.

De Delicias y sombras. Pre-textos, 2009.