miércoles, 12 de noviembre de 2014

La casa con una sombra dentro





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       Cuando llegaba Navidad en mi casa teníamos frutos secos de postre. Los ponían en la mesa en un cesto algo desvencijado que mi madre guardaba en el cuarto oscuro y que cubría con una servilleta para tapar la vejez. Yo me fijaba cómo los cuatro picos sobresalían del cesto y caían sobre la mesa, como si fueran alas de palomas. A veces pensaba si a alguien más se le ocurría algo así. Debía de tener cinco o seis años. Mis hermanos y yo preferíamos comer otro tipo de postre, por ejemplo mandarinas o plátanos porque eran fáciles de pelar. Los frutos secos nos los tenían que abrir y de esto se encargaba mi padre. A mí me parecía un prodigio, una muestra de fortaleza que él pudiera abrir dos nueces a la vez con una mano. Le miraba primero al rostro y luego a la mano y oía el chasquido y cómo las dos nueces se convertían en cuatro pequeños barquitos. He encontrado nueces y las he comprado y he vuelto a recordar a mi padre al intentar competir y partir dos nueces con una mano. Ha resultado muy fácil, porque no era cuestión de fuerza, como yo creía, sino de maña. Así fue todo: primero un deslumbramiento de tener un padre inteligente, brillante, serio, respetado por todos, capaz de partir dos nueces o de pelar una naranja o una manzana, lo que a mí me parecía algo mágico, sin que se le partiera la cáscara, que pudiera terminar el crucigrama del ABC cada día, el rito para encender el puro, desde quitarle la vitola hasta cortarle un extremo un poco y meterle una especia de aguja para hacerle un conducto, mi admiración de cómo manejaba la navaja barbera, con qué facilidad la ponía al final de la patilla como si fueran las manillas de un reloj a las tres y cuarto y cómo la bajaba lentamente dejando ver un rostro limpio...  Luego todas esas cosas las he hecho yo y me he visto reflejado en mi padre. Y el misterio ha desaparecido. Como ha desaparecido él y como yo he desaparecer.