miércoles, 5 de noviembre de 2014

La casa con una sombra dentro 42






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Te he de confesar que desde siempre he sido muy bueno para esto de organizar y tirar trastos viejos, así que no te preocupes. En la enorme casa de Toledo había dos habitaciones en el piso de arriba con muchas cosas inservibles: periódicos, muchos periódicos, libros viejos de mi tío que era abogado y enciclopedias de lomos rojos, muebles destartalados, uniformes de mi abuelo, baúles “de cuando la guerra”, telarañas, botellas, cartas... Entonces cuando a mi madre le daba por limpiar, yo era el que ayudaba a la chica que se llamaba Teodora y que también era muy buena y un lince en estos asuntos. Mi madre sin embargo no valía nada para estas cosas. Decía que se agobiaba. Así que después de unos minutos siempre tenía una excusa para irse y dejarnos a nosotros dos solos. Al terminar estábamos llenos de polvo, yo con dolor de cabeza y rodeado de periódicos y libros que guardaba para leer luego. Teodora con  camisas de mi padre, vestidos de mi madre y cosas que a mí me parecían sin ninguna validez para llevarse. Con el tiempo se mudaron a otra casa más pequeña que ya no me perteneció pues yo ya me había ido a estudiar a Madrid o a vivir a  Barcelona. Era grande para las casas de Toledo, pero no como la casa en que nací. Cuando iba a visitar a mi familia, a veces solamente por una semana, me decía mi madre: “Hijo por qué no entras a caballo en la habitación de los trastos que no se puede ni cerrar la puerta”. Y aquí me tienes poniendo orden a la oscuridad, conquistando territorio a las telarañas y despertando al silencio. Mi madre no sabía, todavía, que yo me encontraba en una habitación oscura y que necesitaba a alguien que pusiera orden en mi propia habitación. Pero mi madre no veía por aquel entonces las telarañas de mis ojos, el polvo que había en mis manos, el olor a habitaciones de pensiones de tercera más sucias que los trasteros de mi casa. Después se mudaron a otro piso  más pequeño y perdieron espacio y recuerdos. La última vez que fui a ver a mi familia, mi madre me volvió a decir: “No sé qué ha pasado, pero en la habitación del lado de la cocina (que era la de la chica que no teníamos y se usaba como despensa) hay un alboroto que no se puede poner un pie”. Y aquí me tienes entrando de nuevo a caballo a poner orden. Por entonces yo ya tenía a alguien que me limpiaba mis ojos y mis huesos y me abría las ventanas de la alegría cada día. Ha pasado el tiempo y me dicen que de nuevo la habitación vuelve a estar revuelta. Le echan la culpa a los periódicos que me guardan.  Me temo que cuando llegue en julio tendré que dedicar un día a poner, una vez más, orden en el desorden. Así que ya ves que es algo que va con mi manera de ser. En mi casa tengo que armar el escándalo para que tiren lo que dejo separado. Se ha dado el caso de volver un año después y ver que habían guardado, de nuevo, parte de lo que yo puse en cajas o bolsas para que lo tiraran o se lo dieran a los pobres. Siempre volviendo a empezar. Además tú fuiste una cliente muy fácil, y complaciente (e inteligente) y no hubo ningún trauma cuando tuvimos que tirar algunas cosas que no iban con la decoración de la casa, pero, tal vez, sí con tu corazón.