miércoles, 22 de octubre de 2014

La casa con una sombra dentro





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Nosotros celebrábamos Nochebuena, el día de Navidad, la noche de año viejo, el día del Niño y la comida de Reyes. La más alegre y desenfadada era la Nochebuena, en la que nos dejaban trasnochar, lo que para mí era algo sorprendente. Fue esa noche cuando por primera y última vez oí a mi padre cantar. Mi padre sólo cantaba en las misas y en las procesiones, pero nunca en casa. Tenía una voz honda y pesada, pero equilibrada. Cenábamos en el comedor con la vajilla de las grandes ocasiones y el mantel de Lagartera, con flores azules y hojas blancas. Llegábamos a ser más de veinte personas. Por la tarde, Elvira, la señora que vivía en el piso de abajo y que ayudaba a veces en casa, le cantaba a mi padre una copla con su voz vieja, destartalada, un poco agria, pero llena de respeto. Mi padre le daba un generoso aguinaldo.

Tengo que echar una copla
por encima de un armario
rogando por la salud
del señoríto Hilario.

A mí me parecía muy difícil que la señora Elvira fuese capaz de encontrar una palabra que rimara con la persona a la que le cantaba la copla. A veces dudaba por un segundo, había su poco de suspense, pero al final encontraba la palabra que rimara. Cuando se la cantaba a mi tía Patro, que ella conocía de otras veces pero que no tenía palabra para rimar, cambiaba de letra y decía:

Tengo que echar una copla
y su nombre no lo sé,
permita Dios que lo acierte,
Doña Patro la llamaré.

Se tomaba su copa de anís, dos bollos de manteca y unas peladillas y se bajaba tan contenta a su casa, que compartía, sin casarse, con un hombre a quien llamaba su “huésped”. A veces íbamos a la misa del gallo en la iglesia enfrente de casa, Santo Tomé, donde al final besábamos el pie del niño recién nacido. Mi fe era tan firme que yo veía la estrella brillar en la noche y pensaba en el frío que tendría el niño en el portal. Con el tiempo pasé muchas Nochebuenas solo, sin estrellas ni portales, aterido yo mismo en un portal, los pies gélidos y el corazón aturdido, cenando en un McDonald de la Avenida Madison en Nueva York, perdido en un bar con humo, soledad y olor a humedad, con amigos del momento, solo, más solo, totalmente solo. Cuando mi madre me llamaba esa noche o al día siguiente y me preguntaba qué tal lo había pasado yo siempre le mentía. Ella me contaba que me habían echado mucho de menos y me preguntaba: “De verdad ¿qué lo has pasado bien?” Para terminar con lo habitual: “Pero ¿qué haces ahí solo, hijo mío, por qué no te vienes con nosotros…?” Cuando supo qué es lo que hacía por aquí dejó de preguntármelo.