jueves, 16 de octubre de 2014

La casa con una sombra dentro.


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Don Francisco, el sacerdote que decía la misa de las once en la iglesia de Santo Tomé llevaba, en pleno agosto, sotana, dulleta, bufanda y sombrero. En invierno además añadía guantes y una capa que se enarbolaba alrededor de su cuerpo con la sola excepción de los ojos. Era delgado, nervioso, antipático y presumido. Durante la misa todas las puertas de la iglesia tenían que estar cerradas. Me pregunto cómo no se constipaba al abrir la puertecita del sagrario… En aquellos tiempos se decía la misa de espaldas a los fieles, pero don Francisco sabía, no importaba que fuera el momento de la consagración, de la comunión o del lavatorio de manos, cuando una puerta se abría.  Tenía un olfato para las puertas abiertas. Si la puerta se abría en el momento en que tenía el cáliz o la hostia  ofreciéndoselo a los fieles, dejaba lo que estaba haciendo y a voz en cuello gritaba: “¡Esa puerta! Hay corriente.” Una vez cerrada la puerta continuaba con su rutina.  Era un sacerdote como del siglo XIX, con un latín de carrerilla, una misa mecánica, como por obligación. Pero tenía una buena cosa que algunos apreciábamos: era el más rápido de todos los otros curas que decían las misas de la mañana. En veinte minutos, si no se abrían muchas puertas, el cura maniático estaba diciendo “Item misa est” y nosotros saliendo corriendo a jugar al Paseo del Transito.