miércoles, 1 de octubre de 2014

La casa con una sombra dentro (37)





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Supimos de la guerra por mi madre. Después de tantos años, cuando salía el tema de la guerra, lo primero que saltaba en la conversación era la tarde de aquel 18 de julio. En seguida se hablaba de los tiros, las motos, los camiones, los arrestos y Trini siempre comentaba el vestido que mi madre llevaba y lo guapa que iba. Mi madre se apresuraba a describirlo y añadía que hasta hace poco había una fotografía de ella con el vestido. Luego mi madre recordaba la medalla de oro con la Virgen del Sagrario que Trini llevaba. El padre de Trini, el señor Sebastián, que cantaba muy alto y desentonado, asistía a cuantas procesiones, misas, novenas y actos religiosos que se celebraran en Toledo. Trini, que era la única hija y “tenía el riñón bien cubierto”, como decía mi abuela, se casó en 1944 con un maestro de Cuenca, que se llamaba José Hilario al que conoció en un funeral que los jesuitas celebraron un 20 de noviembre por el alma de José Antonio Primo de Rivera. Mi tío Félix, que era abogado, conoció al fundador de la Falange en un mitin que éste dio en el Teatro Rojas en el que mi tío pronunció un discurso que fue su sentencia de muerte, según decía Montemayor, que luego llegaría a ser alcalde de Toledo. Hay una foto del escenario lleno de hombres con José Antonio en camisa azul y correaje, peinado hacia atrás, con pelo engominado y los ojos grandes, como extraviados, con mi tío a su derecha. Descubrí esta foto años más tarde en la biblioteca de la Universidad de Princeton cuando trabajaba sobre la vida y obra de Félix Urabayen. El señor Sebastián y mi abuelo eran compañeros de trabajo. Mi abuelo era funcionario de prisiones y trabajaba en la de Toledo donde también estaba destinado el hermano de Antonio Machado, don Francisco. Mi madre recuerda la tarde en que don Antonio, como ella le llamaba, visitó a su hermano. Llegó en un coche con matrícula de Segovia y estuvieron hablando de la república y de un general llamado Franco. Otro compañero de mi abuelo era Don Venancio, que tenía una hija y un hijo, Urbano, que eran muy amigos de mi madre. Una semana después de aquel 18 de julio, cuando las cosas se habían puesto peor y el terror predominaba en la ciudad, mi abuelo y mi tío tuvieron que esconderse porque los buscaban para matarlos. En la plazuela del Conde mi madre se encontró con Urbano, que según ella “era medio bobo” y al verla le dijo:
-- Carmen no deberías andar sola, la cosa está mal. Mira, ayer mismo, matamos a cinco curas y a dos guardia civiles. Hay que terminar con toda esa carroña…
Mi madre supo con certeza en aquel momento de la importancia de esos tiros y ese fuego que vio con Trini aquella tarde del 18 de julio cuando volvían del paseo de  la Vega donde habían comprado un cucurucho de almendras saladas y se les habían llenado los zapatos de polvo. Días después, tanto mi abuela como mi madre oirían desde el balcón de su casa, con la torre de la iglesia siempre por testigo, los disparos que quitarían la vida a mi abuelo y a mi tío, abatido uno en la plazuela del Conde y el otro en el  Paseo del Tránsito. En este Paseo mi madre había jugado con sus amigas en otras tardes de verano, y a veces una tormenta las hacía correr y refugiarse debajo de un árbol a esperar que dejara de llover.