domingo, 19 de octubre de 2014

Antologia de poetas toledanos menores IX





Las clases de literatura de don Higinio Berruguete, un hombre desabrido y arisco,  eran la crónica de su vida como bibliotecario, como persona influyente, como hombre prestigioso en la ciudad, hasta como académico de la de Toledo. A veces también nos hablaba de Garcilaso. Cuando Franco le recibió en El Pardo la clase fue la narración detallada de la visita y de cómo el general estaba sentado detrás de una enorme ventana por la que entraba un chorro de luz que cegaba al visitante y envolvía a Franco en una nube que le daba un aire de espectro y de ser inalcanzable. El día en que saludó a la princesa Sofía en griego, nos habló de Homero. Ganó la Flor Natural de los Juegos Florales del Barro celebrados en Talavera, un hito en su vida de poeta. Publicó en la colección Paseo del tránsito,  que dirigía la poetisa Eduarda Sarraceno, un opúsculo titulado Poemas lóbregos. Don Joaquín de Entrambasaguas, amigo y compañero de promoción de don Higinio, escribió una reseña elogiosa que se  publicó en Poesía española, dirigida por García Nieto. El libro se presentó en un solemne acto, con la asistencia de las autoridades civiles y militares, en el Salón de Mesa. He encontrado un ejemplar en Amazon dedicado por don Higinio al escultor Victorio Macho. Publicamos con dudas este soneto inédito que hemos localizado en el Archivo Municipal del Ayuntamiento de la Ciudad Imperial. ¿Lo escribió el profesor Berruguete?  Una placa borrosa y con adornos de excrementos de palomas recuerda la casa donde vivió. Poco queda de su obra, de su poder y de su autoridad.  Nada de su ajetreada vida. Todo al final es combustible.

                                   Todo cuerpo al final es comestible,
                                   requemado con ascuas silenciosas,
                                   envuelto en el perfume de las rosas,
                                   la pasión espumante y combustible.

                                   La belleza es un gesto imperceptible
                                   como lo es el alma de las cosas,
                                   imágenes sin lienzo, misteriosas,
                                   un trazo inconsistente e irreversible.

                                   Cuando el cuerpo se cubra con agravios,
                                   la piel se te derrita en polvo y nada
                                   y amanezca la luz con cal espesa,

                                   no olvides que tuviste por los labios
                                   el carbón de tu lengua enamorada.
                                  
No olvides que el amor es lo que pesa.