sábado, 25 de octubre de 2014

Antologia de poetas toledanos menores X





Murió en olor de santidad, una frase que a este antólogo, cuando era un niño de fe, le hacía ver al difunto en una alcoba perfumada entre flores, nubes y ángeles. Humberto Borja (1925-2005), más que un poeta, fue un famoso predicador que caminaba dando grandes zancadas y tenía una mandíbula saliente que le hacía cara de matón. Dedicó su vida a defender a  los gitanos y a los pobres. La Editorial Católica le publicó Sermones para un hombre común y Vía crucis de andar por casa que alcanzaron numerosas ediciones y se tradujeron al portugués. Eran famosos los ejercicios espirituales que daba a monjas, sacerdotes y jubilados. Cuando Juan Pablo II visitó Toledo, el padre Borja escribió un libro de poemas exaltando la figura del pontífice. Enterado éste de las virtudes que adornaban al santo Humberto le quiso nombrar Obispo in partibus infidelibus, pero éste pidió humildemente a S.S. que le dejara viviendo con los pobres. Escribió dos libros de poemas: En el nombre de la luz  publicado por Rialp y Hágase en mí según tu palabra, por Ediciones Paulinas. Donó su cuerpo a la Facultad de Medicina para que experimentaran con él y el día que murió las campanas de los conventos toledanos comenzaron a repicar a gloria y en la plaza de Zocodover florecieron los cuatro raquíticos árboles condenados a muerte desde el final de la guerra civil. Otro poeta menor, HB, conoció al padre Borja cuando fue destinado de coadjutor a la parroquia de Santo Tomé y recuerda que cuando le acompañaba tenía que ir literalmente corriendo para no perderle de vista. Este soneto, de título revelador, que se publicó en la revista El ciervo, es una de las pruebas que el abogado del diablo, Monseñor Rocoy, esgrime en contra de la beatificación del  padre Humberto. Gracias al Padre Mata Cana, Postulador de la Causa de Beatificación, por los datos que me ha ofrecido y por el ensayo que ha escrito sobre el soneto en el que ha visto “una metáfora por los doce apóstoles y la bajada del Espíritu Santo en Pentecostés”.


                CONDENACION

              Doce labios abiertos, doce rosas,
              doce constelaciones encendidas,
              doce dulces miradas, doce vidas,
              doce tibias palabras amorosas.

              Doce tiernas jornadas jubilosas,
              doce breves respuestas, doce heridas,
              doce viejas pasiones revividas,
              doce signos de amor en nuestras cosas.

              Cada rosa es un grito enamorado,
              una razón de ser, una cadena,
              rojas lenguas de fuego desbordado.

              Cada rosa me salva y me condena
              en mi jardín de soledad cercado,
              doce rosas de vida, muerte y pena.