domingo, 28 de septiembre de 2014

Antologia de poetas toledanos menores. VI




      Como está vivo, aunque se muere cada día un poco, vamos a retrasar su biografía para cuando le llegue la hora y vamos a alterar el formato estrófico y de los sonetos nos pasamos a un poema “de los de ahora”, como decía la madre del poeta. He tenido la suerte de conseguir, por medio de un amigo del poeta, la fotografía que le inspiró este poema y que ha sido publicado en Estación poesía, la revista de poesía que dirige Antonio Rivero Taravillo.


           PLAZA DE SAN MARCO. VENECIA.

Sentados en un banco, bajo los soportales,

dos jóvenes se miran incendiados de la misma manera

que el agua veneciana se estremece cuando la mira el sol.

Son dos cuerpos en armas: ligeros de equipaje,

coraza de algodón, pantalones vaqueros

y la fresca insolencia de sus escasos años.

Tienen todo el día y la noche para amarse por plazas y pensiones, 

toda Venecia para mostrar su amor.

Uno de ellos se tumba

y apoya la cabeza en el regazo amigo

como un cristo yacente ofrecido y vivísimo

coronada de luz la cabeza rapada.

Se inclina el compañero y le besa

mordiéndole en los labios como quien come una fruta madura.

Curva la espalda, tensado el cuello, la barbilla encajada

y las bocas unidas, se quedan un momento sin moverse:

gloriosa imagen en mármol de Carrara.    

Los contemplan dos viejos sorprendidos,

mil palomas, un bosque de miradas

y una tarde gloriosa de septiembre.

A uno de los viejos se le corta la sangre

y siente un navajazo en las entrañas

al recordar que hace ahora casi cincuenta años

en esta misma plaza, un mochila por toda compañía,

alguien que al preguntarle “Vai solo?”

le enseñó el camino hacia lo oscuro.

Cuando volvió a su casa no le reconocieron

y tuvo que marcharse lejos de su ciudad a vivir en tinieblas.