miércoles, 24 de septiembre de 2014

La casa con una sombra dentro



    




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Es cierto que mi madre tenía unas piernas muy vistosas. Yo la recuerdo con tacones, un vestido azul ajustado y relativamente corto, un collar de perlas Majorica, un bolso negro, acompañando a mi hermano Fernando en su primera comunión y  la verdad es que estaba muy elegante. Por otra parte, es cierto que no era tan alta como lo  era mi padre, ni como somos sus ochos hijos. ”Yo no soy baja –decía un poco enfadada--. Es que mi marido y mis hijos son muy altos”.  Mi padre le había regalado un chaquetón de visón que compraron en una peletería de Madrid llamada “El Pekan y la Dalia”. Mi madre, cuando sus amigas le decían, con cierta intención, que hubiera sido mejor un abrigo, les contestaba que el peletero le había sugerido que para su tipo le iba mejor un chaquetón, que las garras las llevaba todo el mundo, que eran muy serias y que no a todas las mujeres les caían bien ya que algunas no podían con el abrigo, que la diferencia de precio no era tanta y que ella estaba muy feliz con su chaquetón de visón y que además (eso lo pensaba, pero no lo decía) tenía las mejores piernas de todas sus amigas. Poco a poco las pieles pasaron, pasaron las modas, pasó la vida, los tacones altos se gastaron, la belleza se arrugó, las amigas de mi madre, sus abrigos y sus  preguntas envejecieron, se marchitó la mirada de mi madre y el chaquetón se quedó en un armario, envuelto en una bolsa de plástico, oliendo a naftalina, como un oso de medio cuerpo disecado guardando el calor de unos pechos, el ruido de un corazón, el olor de una madre. Un chaquetón que más que una prenda de abrigo, más que una necesidad corporal fue una ostentación y un atributo social. Nunca supe si fue chaquetón de quiero y no puedo o chaquetón de puedo pero tengo unas piernas que vosotras no tenéis.