jueves, 5 de junio de 2014

La casa con una sombra dentro






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        Cuando vivía en Toledo, a eso de las nueve de cada 14 de enero sonaba el teléfono y todos sabíamos quién era el que llamaba tan temprano. Mi madre, que se había vestido como si fuera a recibir visita, cogía el teléfono y con su mejor voz de «señora bien de provincias» respondía solícita y educada. La veíamos sonreír y dar las gracias con voz de monja, como le decía mi hermano mayor. Era Su Eminencia Reverendísima en carne y hueso el que llamaba, el Sr. Obispo, con la sotana de botones rojos, el alzacuellos purísimo, el llamativo anillo de amatista que nos daba a besar cuando íbamos a Palacio el día de su cumpleaños, la riquísima cruz pectoral de brillantes que había pertenecido al cardenal Gomá, de quien fue secretario, la media naranja vacía del solideo y los puños de la camisa blanca con gemelos de oro con la cruz de Caravaca. Mi madre repetiría la historia de la llamada a lo largo del día: “La primera llamada ha sido la del Sr. Obispo, como todos los años, ya sabes que somos familia, para felicitar a mi marido y a mi hijo, y para decirnos que ha ofrecido la misa por su salud y bienestar». Yo ese día me sentía importante y hasta me parecía menos feo y horrible este nombre que siempre he odiado y todo porque el Sr. Obispo, un pariente lejano de mi madre, había llamado desde el Palacio Arzobispal para desearnos a mi padre y a mí un feliz día. Un vecino nuestro que había sido republicano y que echaba la culpa a la Iglesia de “lo del 36” me decía: «Si este pariente hubiera sido albañil me imagino que tu madre no hubiera apreciado la llamada como la de este parásito, que vive de hacer nada, pero como lleva hábitos y sabe latín pues tu madre pierde el culo por el parentesco”. Después de la llamada del Sr. Obispo, seguían las de las viejecitas de misa y comunión diarias, la del Padre Guardián de los Franciscanos que, en la fiesta que mis padres daban por la tarde, astutamente reservada por horas a diferentes grupos según las afinidades, se quitaría la cogulla y contaría chistes verdes, algo muy atrevido y casi herético en los tiempos de antes del Concilio. Llamaban algunos sacerdotes conocidos de mis padres diciendo a mi madre que habían ofrecido “el santo sacrificio por Don Hilario e Hilarito”, llamaban las monjitas del convento de San Antonio, a las que mi padre ayudaba monetariamente, llamaban las dominicas a las que mi madre les pedía que rezaran por la familia y les mandaba una «ayudita» de vez en cuando, llamaban las Benedictinas, que zurcían y bordaban prendas de mi familia, llamaban las Carmelitas descalzas que enviaban con la demandadera, la señora Eustaquia, docenas de preciosos escapularios, llamaban las otras Carmelitas, las de la Caridad, que eran las del colegio donde mis hermanas y yo estudiábamos. También llamaba el sacristán de la parroquia de Santo Tomé, el señor Miguel, que explicaba de carrerilla El entierro del Conde de Orgaz a los cuatro turistas que por aquel entonces iban a ver el cuadro del Greco, y, siempre las últimas, haciéndose las importantes, llamaban las hermanas del Sr. Obispo para decir que llegarían un poco tarde a la fiesta porque estaban muy ocupadas ya que ese mismo día tenían que ir, primero, a tomar el té en casa de los de Montemayor, que eran riquísimos y además benefactores de la Virgen del Sagrario, después a una entronización del Corazón de Jesús en casa de los Condes de Orgaz y al cumpleaños del canónigo penitenciario que era catalán y se llamaba Don Luis Guasch “y si nos queda tiempo pasaremos por ahí, pero no te lo prometemos”. Mi madre pensaba de ellas que eran dos brujas.  Pero un Papa convocó un Concilio y “la gente de iglesia” nunca más volvió a llamar y mi madre se quedó sentada esperando que el teléfono sonara sin imaginarse todo lo que el Concilio se llevó que, aparte del latín y las sotanas, del misterio y de la fastuosidad de la liturgia, se llevó a su marido que pasó de ser un católico ejemplar y un padre modelo a ser un renegado. Su Eminencia Reverendísima se murió, las monjitas dejaron el convento para trabajar en oficinas y hospitales, el Padre Guardián y el Maestro de Novicios colgaron los hábitos y se fueron a Barcelona a trabajar en Herder, las viejecitas, confundidas de tiempo y de normas, no sabían, si por culpa del Concilio, el día de San Hilario era el 13 o el 14 o no era nunca más y el sacristán se jubiló cansado de cantar en funerales, sonreír en bodas y bautizos y repicar en tiempo de resurrección. Mi madre, ya sin su marido que se había ido a vivir a la finca, esperaba no sólo el día 14, como había sido tradicional, sino también el 13, a que alguien llamara a felicitar a su marido y a su hijo Hilarito. Pero casi nadie llamaba.