jueves, 1 de mayo de 2014

La casa con una sombra dentro



                               




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                                           ARMIÑO Y SOBREPELLIZ: PIELES PARA UN AMOR.

Lo vio por primera vez saliendo de la Catedral y le llamó la atención lo sucia que llevaba la gorguera. Luego lo miró  disimuladamente a las manos,  y vio que la derecha estaba manchada de colores: azul, rojo y negro. El la miró y ella recibió su mirada como quien recibe la extremaunción.
- Vamos, Jerónima, no mires así a ese forastero. Todo el que viene de lejos huye de algo. Dicen que viene de Creta, que es pintor y que en la Corte ha salido malparado.
Jerónima apresuró el paso, guardó el rosario en la faltriquera, se aseguró que los broches dorados del libro de oraciones estuvieran bien cerrados y miró a su marido.
Don Lope de Mingo y Muñoz, envejecido, cojeando ligeramente de la pierna derecha, herida en la batalla de Lepanto, avanzaba hacia Santo Tomé, donde vivían.
- Todos huimos de algo. A mi me gustaría huir de vos y de esta ciudad que me ahoga– pensó responder Jerónima, apenas una niña, casada por conveniencia con don Lope, pero guardó silencio, una vez más.
 Al llegar a su casa, las campanas del convento de las monjas de San Antonio dieron las doce. Lázaro, el pregonero, anunciaba un auto de fe en Zocodover.
Hilario, el sacristán de la parroquia de Santo Tomé, al que la Inquisición había interrogado por sus prácticas sexuales, estaba doblando, cuidadosamente, la sobrepelliz que había llevado en el entierro del  señor de Orgaz, oliendo todavía la sacristía a incienso y a crisantemos muertos, cuando vio entrar a Jerónima. Venía a encargar una misa de acción de gracias. Cuando Hilario le preguntó qué gracia, ella sonrió.
     - Hay gracias que no se dicen, ni se dan-, respondió dejando un maravedí en una bandeja de plata.
- Hay cuerpos que son fuego y por ellos podemos ir a la hoguera-, dijo el sacristán, cuyo perfil le resultó a Jerónima conocido.
- Ten cuidado, que hay colores que dejan tiznada la mirada y el corazón para siempre. Él te espera.
    Salió Jerónima de la sacristía y se digirió a la pequeña capilla donde una sombra con olor a aceites y tierras dibujaba un niño con un pañuelo blanco que le salía del bolsillo del gabán.
      - Mi dama del armiño, mi niña querida, mi espejo. Al final de mi vida harás “lo que cerca de ello se a de hazer”- dijo la sombra en un castellano con acento extranjero que Jerónima no entendió.
      Y a los pies de un enorme lienzo en blanco,  que seria la crónica de un entierro, se amaron apasionadamente dando forma al boceto que un hachón iluminaba llenándolo de vida.