jueves, 20 de marzo de 2014


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Yo supe de la guerra por mi madre. Te imagino aquella tarde de julio en que habías estrenado un vestido que Trini y tus amigas te alabaron. Tenías 16 años, unos ojos luminosos y un pelo fuerte, negro y rizado. Te veo subiendo la cuesta del Miradero, viniendo de la Vega. Corrían vientos negros, rumores, la gente comentaba y tenía miedo. Tú no entendías de guerras, pero tu juventud se quedó partida por el ruido de las balas. Aquella tarde era el 17 de julio del 1936. Comenzaba tu primera guerra que se llevaría por mucho tiempo tu alegría de vivir. Te siento la noche anterior, muerta de cansancio y de trabajo del día, ocho corazones a tu alrededor, tú en el suelo trazando con un lápiz en una hoja del ABC el contorno de mi pie derecho. Siento ahora mismo las cosquillas y al moverme oigo tu voz que dice: “Venga, no te muevas”. Al día siguiente te veo bajar de uno de los autobuses Galiano cargada de paquetes y nosotros esperándote en Zocodover alegres de que volvieras y deseosos de llegar a casa para ver lo que nos habíais comprado en Madrid. La casa era una guerra de ruidos, de alegría, de felicidad. Yo era un niño feliz con sus zapatos (de Segarra) nuevos. Entonces yo no había descubierto que el tiempo gastaría esos zapatos y los llenaría de lluvia agujereando las suelas de soledad.