lunes, 20 de enero de 2014

Una casa con una sombra dentro


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Una imagen recurrente en el museo de mi historia son las manos de mi madre mientras acunaba a uno de mis hermanos menores y le cantaba en tono suave y monótono “Mi vaquerillo”, un poema de Gabriel y Galán. “Tú te quedas luego / guardando las vacas, / y a la noche te vas y las dejas... / ¡San Antonio bendito las guarda!... / Y a tu madre a la noche le dices / que vaya a mi casa, / porque ya eres grande / y te quiero aumentar la soldada...” Yo recreando en mi mente la escena y en mi corazón los latidos, el frío, la pobreza del vaquerillo.  Sentía en mis manos el viento helado de la sierra y el niño a la intemperie, la gran bóveda celeste oscura, llena de estrellas lejanas y misteriosas. Miraba hacia arriba y lo que veía era el techo de la alcoba de mi madre y una lámpara que era como una luna llena, oronda y un poco amarilla. Era la primera vez que sin saber el significado y el poder que más tarde tendría, me abrazaba con el poder de la poesía.