miércoles, 24 de diciembre de 2014

INVENTARIO DE LA FELICIDAD. Antonio Parra



     


          




             MONÓLOGO DE UN POETA ILUMINADO: ANTONIO PARRA.

I
Son los tres golpes que nos hacen vivir, tres heridas que nos matan, tres arañazos que nos desangran: vida, amor, muerte.
Inventario de la felicidad, el último libro de Antonio Parra (Melilla 1946) es una crónica equilibrada, profunda, íntima y elegiaca de la vida, de su amor, de la muerte.
Tres puñaladas hondas en el corazón, en la mirada, en la noche.
Inventario de la felicidad, editado en la colección Astrolabio, es un libro preciso, donde la sobriedad y la experiencia nos iluminan y nos conmueven y nos dejan heridos.
Triángulo equilátero en la geometría sin límites de nuestra vida. Tres tiempos, tres estados vitales, tres constantes.
Inventario de la felicidad es una galería en donde se exhiben poemas que entran en nuestras vidas y nos estremecen. Donde el equilibrio y la belleza son dos puntos básicos para entender la poesía de Antonio Parra. Equilibro formal, de fachada, un edificio donde las ideas son como ventanas con infinitos caminos, paisajes, miradas, rostros, una ciudad, una muerte.

II
Estructurado como en un tríptico de alguna catedral gótica, Inventario de la felicidad está compuesto de tres temas y un inventario. La tabla central, “del amor”, consta de diecinueve poemas, la tabla de la derecha, “de la vida”, de catorce y la de la izquierda, “de la muerte”, de siete: media muerte, casi toda una vida y el amor que, en ocasiones es un amor desaparecido, un grito, una sombra.

          Amor, amor mío de esta noche,
            desvelado te abrazo. Algo escondido
            prepara el corazón al desorden de existir.

Pero es también un recorrido y un homenaje a una ciudad “del agua”,  a la “casa de uno”, un museo funerario con cuadros que hacen homenaje a la poesía con la presencia de Sandro Penna, a la pintura con Giorgio Bacci, a la muerte con Roland Moreaux, al holocausto con Primo  Levi…

Cuando con repetido afán me propuse
volver, cuando con insistente y probada
nostalgia manifesté el deseo de tu suelo,
cuando horadando la noche, tus lejanas aguas
pervirtieron mis sueños, desoladoras voces
sin piedad, derrumbaron con amargas verdades
 el templo que te había construido…
III
En apariencia puede parecer una poesía fría por lo reflexiva. Una poesía de pensamiento, metafísica, objetiva. Poesía seria, fruto de una cultura, de una meditación, de una madurez. Pero no nos dejemos engañar por esa carga filosófica, ideas condensadas que encierran años de experiencia, de vida, de amor y de muerte.
           Ardiendo muy dentro del poema está el fuego, la pasión, el navajazo que ahonda y se clava en la piel de la razón.
         Posiblemente sea en el apartado tres, “de la muerte”, donde encontremos los más elegiacos y emotivos poemas. Elegía es, a gusto de este lector, uno de los poemas más significativos del libro. El poeta amordazado por la pérdida del ser amado, rompe el silencio.

Al fin hablo de ti. El cansancio
de los años no ha carcomido la imagen
que el iluminado venero de tus labios,
estampó en mi tensísima piel.
Hoy me abrazo a tu sombra no ensuciada
por la muerte, hoy te nombro…


Inventario de la felicidad es un catálogo no terminado, en marcha,  de una vivencia, de una ciudad, de una muerte, sobre todo es una invitación a una vida. En Inventario, el largo e importante poema que cierra el libro, el poeta deja abierta la puerta a la luz que nace:

Deja, deja ya ese inútil inventarío
que nunca acabarás, y empieza
a mirarte en el espejo de esa alta marea
donde está amaneciendo.

          Alta poesía que nos trae la madrugada y en donde el espejo de la vida nos invita a la felicidad, aunque a veces desaparezca en lagunas y aguas pantanosas. 





                                         Dibujo del poeta por Sandro Chia.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Esperando que pase la nieve.


                                                  VILLANCICO DEL QUE ESPERA                                

                                              Mi alegría,
                                              si tuviera,
                                              este año te traería,
                                              pero la nieve está fuera. 

                                             ¿Qué es lo que te puedo dar?

                                              Sólo queda la esperanza,
                                              ¿mas que hago yo sin espera
                                              si estamos en Navidad?
 
 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La casa con una sombra dentro


La señora Juliana se murió dos días después de cumplir los 100 años y dejó a Asun, la hija soltera que la cuidaba, sola por primera vez en su vida. El marido de Juliana había sido sargento músico de la banda de la Academia de Infantería y todavía en el enorme comedor, sobre una escueta repisa, tenían como objetos de decoración tres grandes obuses que a mí me parecía que brillaban de una manera diabólica y guerrera. Las dos vivían en un piso al lado del nuestro a la entrada de la calle de la Campana. El edificio era del siglo XVIII con un portal con grandes puertas por donde en su tiempo debían entrar carros o carrozas. El patio era rectangular, con un aljibe, un sótano y ventanales, como si fueran palcos de un teatro popular. Había aspidistras y geranios agrupados en un círculo en el centro del patio que Asun cuidaba como si fueran sus hijos. Las escaleras angostas terminaban en un pasillo estrecho. Torciendo a la izquierda y entrando en otro pasillo se llegaba a una puerta que daba directamente al comedor de la casa que tenía  muy pocos muebles y un balcón que daba a la calle de Santo Tomé.  En invierno  sentadas una enfrente a la otra, “al amor del brasero”, y en verano, las puertas abiertas y la persiana baja, veían pasar a las turistas vestidas como papagayos, veían cómo se deslizaba la vida y cómo la señora Juliana iba pareciéndose más a la muerte. Asun era una buena pantalonera y cosía para una tienda de ropa “de toda al vida” que estaba en la calle Ancha. A las diez, como si fuera a misa, se arreglaba y se iba a la tienda a recoger el trabajo del día. A las seis en invierno y una hora más tarde en verano se volvía a arreglar y llevaba el trabajo terminado. Asun se peinaba con el pelo recogido terminado en dos moños un poco caídos. Nunca llevaba maquillaje, ni alhajas, ni vestidos de colores: Asun era una señorita de provincia solterona y católica. Una monja que cambió de hábito y de toca cuando se murió su madre: se cortó los dos moños que le hacían más vieja, se soltó la melena y se fue a conocer esos mundos que tanto había soñado cuando, en tardes frías y tristes de invierno o tardes sofocantes de verano, arreglaba los bajos, la cintura o la bragueta de  los pantalones de hombres lejanos que nunca llegó a conocer.