lunes, 6 de noviembre de 2017

OPORTO DEL 51

         OPORTO DEL 51

Es torpe en el manejo del cuchillo,
hace ruido al comer, abre mucho la boca
y se bebe de un trago el vino de reserva
que en finísima copa de cristal
perfuma su salvaje dentadura.
Habla alto, se encuentra desfasado
en esta reunión donde dos viejos
le celebran, con mucha discreción,
el fulgurante fuego de sus ojos
y el torrente de vida de sus labios.
No entiende la ironía de las frases,
y le aburre la música de iglesia
que suena como fondo al bisbiseo.
Al terminar la cena y pasar a la alcoba,
los viejos se preparan y beben lentamente
un Oporto que compraron en el cincuenta y uno
en Lisboa la bella, cuando en amor,
bellísimos y jóvenes fueron a celebrar sus cuerpos.

Encendido de vino y en la materia docto
pierde la timidez y los modales
y es la torpeza ahora un arte de elocuencia.
Con ademán sereno y confiado,
en un gesto estudiado lleno de dramatismo,
un ruido del metal de los botones
al escapar de los ojales desgastados
del Levis desteñido y ajustado a su cuerpo glorioso,
se abre la bragueta y sin nada debajo
ofrece su producto asalariado
y generoso a la lenta caricia
de temblorosa mano y desdentada boca.

Así, semidesnudo, es como un dios de mármol,
arcángel victorioso que viendo
arrodillada a la pareja fiel,
sus calvas relucientes, dos perros jadeantes,
¡qué torpes le parecen sus caricias,
qué vulgares sus manos le parecen,
qué fríos son sus labios y sus bocas!

domingo, 22 de octubre de 2017

Los Diarios en "Insula" de la mano del Gómez Yebra


Cuando yo era un jovencito e iba a la Biblioteca pública de Toledo a leer a Nietzsche y el encargado me decia que no era un libro para mi edad me entrenía en leer las revistas de aquel tiempo, entre las que estaba Insula, que a mi me parecía "lo más"-  En el número 847-848 el catedrático Antonio A. Gómez Yebra publica una honda reseña sobre los Diarios 2012-2013, editados por La isla de Siltolá. Agradecido al profesor Gómez Yebra y a Insula. Y a todos los que han se han aproximado a los Diarios.






 



martes, 17 de octubre de 2017

Recordando a Richard Wilbur





Me entero en Lisboa de la muerte de Richard Wilbur. Qué pena tener que añadir la fecha final. Me alegra que este poema aparezca en un proyecto que espero poder anunciar pronto. 

SALMO
Richard Wilbur (1921 - 2017)

Da gracias por todas las cosas
en el punteo del laúd e igualmente
en el arpa de diez cuerdas.
Haz que la trompa alzada
resuene grandiosamente, y proclame
la bondad de haber nacido.
Préstales el aliento de la vida
a los agujeros de la flauta dulce
o del pífano travieso,
y di al tímpano
que cree, en el momento adecuado,
pandemonio.
Luego, con grave alivio,
alaba también nuestras penas
en el chelo del dolor compartido.



PSALM

Give thanks for all things
On the plucked lute, and likewise
The harp of ten strings.
Have the lifted horn
Greatly blare, and pronounce it
Good to have been born.
Lend the breath of life
To the stops of the sweet flute
Or capering fife,
And tell the deep drum
To make, at the right juncture,
Pandemonium.
Then, in grave relief,
Praise too our sorrows on the
Cello of shared grief.




miércoles, 6 de septiembre de 2017

La poesía como una forma de caridad.

 


            En verano todas las ciudades apestan

                          Un antología de la poesía de Menno Wigman
                           Edición de Antonio Cruz Romero. Ravenswood Books Editorial

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    Si usted es de los que creen que solo Carolina Coronado, Becquer o, digamos, Neruda (en ocasiones tan artificioso, tan mecánico y tan repetitivo) "son" la poesía, debe pasar de leer esta nota, Pero si eres de los que crees que la poesía, en el siglo xxi, "no es una forma de caridad sino una enfermedad / que compartes con un puñado de idiotas sin remedio", leete los poemas que publicamos y, si puedes, cómprate el libro.

      El título de esta antología se las trae, pero es lo que hay: "En verano todas las ciudades apestan", del neerlandés Menno Wigman considerado como "uno de los poetas más brillantes de su generación", según nos informa en un prólogo luminoso del también poeta, editor y traductor Antonio Cruz Romero.

     La edición del libro es una joya desde la portada hasta el "colophon". La antología tiene una tirada de 150 ejemplares numerados a mano. La nuestra es el número "007",  nada nos puede hacer más felices que tener este número.

        Recomendada especialmente para los "poetas de Instagram". para los que creen que solo existe Bukowski,  para los que escriben "poesías" y para los que sentimos que nuestras vidas están empozoñadas por la Poesía... 
     
   











martes, 29 de agosto de 2017

Tres notas a tres mundos.





























                   
                 SONETO 145
                     COMO UN PUÑAL DE PLATA
      Este soneto, uno de los más hermosos en la obra de sor 
Juana, está compuesto de catorce endecasilabos sáficos, 
rimando ABBA, ABBA, CDC, CDC, con acento en la primera, 
cuarta, sexta y décima sílabas, 10 sinalefas, latinismos 
(ostentando, primores, cauteloso, caduco, años, tiempo. . .),
de origen griego como  silogismo y metáforas en los versos 
1, 4, 9, 10, 11, 12, 13, y 14. 
      Los dos cuartetos son dos ideas completas; el primero 
comienza con un hipérbaton y una metáfora y ambos nos 
anticipan el clímax, la cadena de pensamientos de los dos 
tercetos: seis frases unidas por la forma verbal es; esta 
anáfora o repetici6n les imprime de una extraña dinámica, 
les unge de una magia especial,  flexibles aunque 
torturados, preparan al lector a desembocar en la apoteosis 
final del último verso; una relampagueante enumeraci6n que 
termina en una negación absoluta y total. La sintaxis del 
poema es tortuosa, su léxico culto y refinado. Todo él nos 
recuerda a G6ngora ("oro, lilio, clavel, cristal luciente") 
y a Quevedo ("polvo serán, más polvo enamorado") . 
Estructuralmente pensamos que el soneto no es una 
torre, castillo o fortaleza como aparentemente puede 
parecer, sino una clarísima pirámide invertida. En la base 
la vida, la filosofía, el tiempo; en el vértice la muerte, 
la sombra, la nada. Este soneto es un escalofrío que se nos 
clava, como un puñal de plata, en la garganta del llanto; 
un río que desemboca en el mar del existencialismo 
renacentista y en el polvo de oro del Barroco. Un soneto 
para toda una eternidad. 


























                                                                                              
       SONETO 146   
       LA TEMPORALIDAD DE LA BELLEZA

      Vanitas vanitatum et omnia vanitas, podría ser la 
idea argumental de este soneto de la Décima Musa. Un soneto 
formado de cuatro bloques de rígidos y monolíticos y a la 
vez gráciles y flexibles endecasílabos, rimando ABBA, ABBA, 
CDC, CDC, con acento en la primera, cuarta, sexta y décima 
silabas (sáficos), excepto en los versos 3 y 7 
que llevan el acento en la cuarta, quince sinalefas, con 
latinismos (fragante, sutileza, magisterio…). Es de 
destacar el triple retruécano en los versos 3-4, 7-8 y 
13-14 y que son el argumento del soneto. Encontramos 
metáforas en los versos 3-4, 7-8 y 10. 
      Nos golpea nuestra atención la pregunta en el primer 
verso y la siguiente que completa el primer cuarteto. El 
segundo nos dice del desprecio del poeta hacia lo material, 
valorando el entendimiento por encima de esto. Nos atrae el 
juego repetitivo y ondulante de sus versos, alterando y 
negando dos ideas, el efecto logrado es sorprendente. La 
metafora "despojo civil de las edades" provee al primer 
terceto de una fuerte carga historicista, 
      Hay, a lo largo del soneto, una vena filosófica, una 
raison d 'etre, una poética, un enunciado de la mentalidad 
de sor Juana que, al desdeñar el oro y la hermosura, nos 
está resumiendo en catorce hermosos afluentes, un río 
filosófico e histórico que comienza en Grecia y continúa 
hasta nuestros días: La temporalidad de la belleza, el 
bíblico recordatorio de que eres polvo y en polvo te has de 
convertir. 



                                            
               






















               
                SONETO 147 
                LA ROSA DE LA VANIDAD
      Tocadla una vez más, que así es la rosa, podríamos decir, 
parafraseando a J, R. Jiménez, acerca de este soneto de sor 
Juana. Compuesto de dos cuartetos con ideas propias, siguen 
los tercetos que se encadenan por la admiración inicial. 
Riman ABBA, ABBA, CDC, CDC, con acentos en la primera 
cuarta, sexta y décima sílabas. A lo largo del soneto 
contamos 14 sinalefas, dos de ellas en tres sílabas 
consecutivas y metáforas en los versos 3, 4, 5 y 8.  
Latinismos (divina, fragante, magisterio…) Los versos 
8 y 14 son dos ejemplos de paradoja y el 13 lo es de 
antítesis. 
      En cuanto a la forma es este un poema "arquitectónico", 
grave, de talante apostrófico; de acusada dualidad 
conceptual. Un soneto de olores: el olor eterno de la rosa 
y el olor inmarcesible y agrio de la muerte; de colores: 
rojo ("magisterio purpúreo") y blanco ( "enseñanza nevada"); 
de vida ("cuna alegre") y muerte ("triste sepultura"); de 
sabiduría y de necedad; de altivez y de caducidad. 
      La rosa es sólo un pretexto para que la monja nos dé 
un sermón de carácter moral y constructivo usando de la 
alegoría -que es lo que el soneto es-, para enseñarnos de la 
fugacidad de la vida y lo que con ella nos viene dado. Es 
un soneto conceptista. Y se presiente a Calderón. Es lo 
opuesto al "carpe diem" medievalista e irresponsable. Es un 
elogio al pragmatismo y al sentido común que, a veces, no 
podemos ejercitar porque la efímera rosa de la vanidad nos 
ciega con su "magisterio purpúreo” los ojos de la realidad 
impidiéndonos ver y oler la rosa eterna. 


domingo, 27 de agosto de 2017

Del Diario.

          240817.- Una tarde de verano, desde el balcón de su casa, viendo cómo las golondrinas, enhebraban la aguja del verano con el hilo del atardecer, cosían la torre de la Iglesia, sintió como si le entrara agua en el pecho. Días después garrapateó un poema a un almendro que veía desde su habitación. En tercero de bachillerato escribió, en el curso de Literatura española, una redacción en la que comentaba un poema de Machado y sacó un sobresaliente. En preuniversitario conoció a un compañero y escribió poemas apasionados de dudosa adjetivación. Se los publicaron en la revista del Instituto. Desde entonces entendió, al ir viendo que su vida parecía transcurrir en blanco y negro, el agua que le entró aquella tarde de verano. Le dieron el Primer premio de poesía del Casino Industrial dotado con 100 pesetas (que gastó en libros). Su madre decía a sus amigas (que le preguntaban si el poeta tenía novia) que su hijo era poeta y una de ellas le pidió una poesía para un nieto que acababa de nacer. En la universidad se volvió a enamorar y volvió a escribir poemas de amor donde el género brillaba por su ausencia y la pasión por su presencia. Se los publicó la revista de la Universidad y el rector lo invitó a participar en un recital con Brines, Hierro, Gil de Biedma y un joven poeta. Dos de ellos se interesaron más en su persona que en su poesía y el joven le invitó a su casa a tomar una copa. Conoció a García Nieto, que estaba vinculado a su ciudad, y le publicó en Poesía española un poema en la página siete. Haciendo la carrera escribió un libro de poemas que quedó finalista del Adonais. Al leer la noticia en un periódico de la capital se pasó la noche sin dormir y se sintió ungido por la magia de la poesía. En el periódico local, un joven que estaba haciendo las prácticas, le hizo una larga entrevista de la que se publicó la cuarta parte en un recuadrito cerca de las páginas de deportes. Conrado Blanco lo invitó a una sesión de “Alforjas para la poesía” junto a poetas militares, farmacéuticos, curas, oficinistas y un crítico de arte que era calvo y fumaba en el escenario. La Asociación de Arte Garcilaso le dio un premio por un libro sobre Urabayen del que luego hizo la tesis doctoral. La editorial Tajo le publicó, previo pago de la edición,  un libro de poesía que presentó en la biblioteca de su ciudad. Al acto asistió su familia en pleno, las amigas de su madre, las mismas que seguían preguntando “si tu hijo el poeta no tiene novia”, vecinos, compañeros de su padre y algún despistado que no tenía nada que hacer esa tarde. Al terminar vio que alguien se acercaba con su libro y que le pedía que se lo dedicara. Por un momento no acertó ni a quitar la funda del bolígrafo y no sabía qué escribir. Esa noche tampoco durmió. Terminó la carrera, ganó las oposiciones y le destinaron a una ciudad  donde la soledad le consumía. Publicó ensayos sobre Garcilaso y Campoamor en revistas académicas que nadie leía, pero que le sirvieron para subir en el escalafón y poder pedir traslado a su ciudad en donde, después de dar las clases, se reunía en el Café El Greco con los artistas locales. Escribió en el periódico local, le llamaron a dar recitales, el cardenal le pidió un soneto en el que cantara el centenario de la coronación canónica de la patrona de la ciudad. Publicó un libro en una colección de poesía de la Editorial católica que en Madrid pasó desapercibido. Se fue haciendo viejo, se fue quedando solo, el piso llenándose de libros, discos, cuadros, fotografías de extraños, polvo, olor a orines, oscuridad. La humedad y la soledad columpiándose en la lámpara del comedor oscureciéndolo todo. Dejó de ir a la capital al café Asturias y a las saunas. Por la noche, con el agua a punto de desbordarse del pozo de su melancolía, escribía poemas como quien escribe el último libro. El banquete celebrando la jubilación se llevó a cabo en un restaurante de pueblo,  de  esos de “bodas y bautizos”. Un poeta joven que fue alumno suyo y ahora hacía el papel de “secretario” escribió un soneto para la ocasión en el que le llamaba maestro, gloria de la ciudad y rimaba el nombre del poeta  con armario, osario y calendario. Encima del plato de entremeses, como un pájaro a punto de volar, pusieron el soneto que había ilustrado, con un espléndido dibujo, el pintor oficial de la ciudad (que moriría más tarde en un accidente de coche). Esa noche tampoco pudo dormir. Le dolía el corazón o eso creía. Un sobrino anunció en Facebook que su tío había muerto. Durante un día y medio los amigos lamentaron su perdida, alabaron su bondad y se atrevieron a decir lo buen poeta que era, aunque nadie se lo creía. Al día siguiente en el periódico local apareció una necrológica con una foto horrorosa, que de haber habido vida después de la muerte el poeta hubiera resucitado para pedir que la cambiaran. Las amigas de su madre, si hubieran estado vivas, hubieran seguido preguntando si “tu hijo el poeta no tiene novia”. Los libros de poesía firmados por Aleixandre, Gerardo Diego, Guillen, el “Don Juan” de Azorín firmado por el maestro, las novelas, también autografiadas de Urabayen, las primeras ediciones que fue coleccionando durante toda su vida, algunas litografías de Gregorio Prieto, Dalí y Miró y la mayoría de los libros de los poetas del 50 se los llevó un chamarilero como quien se lleva piedras. En el funeral un colega del Instituto leyó un texto que hablaba de la vida del poeta y profesor, desde que una tarde de verano sentado en el balcón de si casa, su madre mirándole con el corazón encogido, hasta la noche que se quedó dormido para siempre intentando poner punto final al último libro de poemas. Al entierro asistieron el concejal de cultura, el obispo auxiliar y sus sobrinos. Meses después hubo un intento de poner su nombre a una calle en un barrio de trabajadores, pero el alcalde del partido opuesto al del poeta, se negó en rotundo.
          Luego el olvido le convirtió en ceniza. !Si al menos hubiera conocido el amor!